Juan Martin de Pueyrredon y de Labrucherie
Prólogo
Invitación al viaje: El concepto del viaje como vínculo de familia
El propósito de este diario de viaje consiste en extender a todos una invitación muy especial para emprender juntos un viaje hacia el corazón de nuestra historia familiar que entrelaza el pasado con el presente, conectando dos continentes y muchas generaciones. Seguiremos los pasos de nuestro ancestro Jean-Martin de Pueyrredon y Labroucherie, quien en 1763 dejó España en busca de nuevas oportunidades en las Américas.
A lo largo de esta travesía, recorreremos los senderos que nuestros predecesores caminaron, redescubriendo su legado y fortaleciendo los lazos que nos unen.
Estos testimonios de viajes no solo serán una oportunidad para conocer la geografía que definió a nuestros antepasados, sino también para vivir las tradiciones y sentir la fuerza del lugar al que llamaron hogar. Al participar en esta odisea, rendiremos homenaje a los que nos precedieron y también tejeremos nuevas memorias y relatos para las generaciones futuras.
Los invitamos a unirse a esta experiencia única en un libro vivo, donde cada momento compartido fortalecerá nuestra identidad familiar. Estos viajes serán un puente que atraviesa el océano Atlántico, uniendo las tierras de Francia, España y Argentina. Juntos, descubriremos que cada retorno a Issor es más que una visita, es un reencuentro con nuestra esencia y una celebración del vínculo eterno que compartimos.
¡Esperamos que estos relatos y descripciones sirvan de orientación para los futuros viajes en esta emocionante aventura familiar!
INVITACIÓN AL VIAJE
El concepto del viaje como vínculo de familia
El propósito de este diario de viaje consiste en extender a todos una invitación muy especial
para emprender juntos un viaje hacia el corazón de nuestra historia familiar que entrelaza
el pasado con el presente, conectando dos continentes y muchas generaciones. Seguiremos
los pasos de nuestro ancestro Jean-Martin de Pueyrredon y Labroucherie, quien en 1763
dejó España en busca de nuevas oportunidades en las Américas. A lo largo de esta travesía,
recorreremos los senderos que nuestros predecesores caminaron, redescubriendo su legado y
fortaleciendo los lazos que nos unen.
Estos testimonios de viajes no solo serán una oportunidad para conocer la geografía que definió
a nuestros antepasados, sino también para vivir las tradiciones y sentir la fuerza del lugar al que
llamaron hogar. Al participar en esta odisea, rendiremos homenaje a los que nos precedieron y
también tejeremos nuevas memorias y relatos para las generaciones futuras.
Los invitamos a unirse a esta experiencia única en un libro vivo, donde cada momento
compartido fortalecerá nuestra identidad familiar. Estos viajes serán un puente que atraviesa el
océano Atlántico, uniendo las tierras de Francia, España y Argentina, y juntos, descubriremos
que cada retorno a Issor es más que una visita, es un reencuentro con nuestra esencia y una
celebración del vínculo eterno que compartimos.
¡Esperamos que estos relatos y descripciones sirvan de orientación para los futuros viajes en
esta emocionante aventura familiar!
La Fuente de Issor. © M.P
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Tras las huellas de los Pueyrredon
DE BUENOS AIRES A ISSOR
Por Roberto Elissalde
Marcos Pueyrredon y María Teresa Rivarola, su mujer, han viajado al origen de la familia, allá en el
Bearne, más justamente a Issor donde estaban radicados los Pueyrredon con seguridad desde mediados
del siglo XVI. Así, encontramos en papeles públicos de 1551 aparece un Bernard de Poeyredon; en 1553
a Guilhamot de Poeyredon, y a Augerot de Poeyrredon y Catalina su mujer. Según los usos vigentes
en el Bearn hasta 1789 (año de la Revolución Francesa), los bienes propios de cada cónyuge pasaban a
ser comunes desde la celebración del matrimonio, por lo que el señorío de una casa, si era propio de la
mujer, era compartido por el marido con igual título que el de la consorte, su verdadera propietaria. Esto
hacía que el marido, usara el apellido de la mujer. Sabemos que en 1597 Andreu de Peyronne, natural de
GoumenVon casó con Catalina de Poeyredon, hija de los mencionados Augerot y Catalina; y que en un
documento de 1631 aparece el citado “Andreu de Peyronne, alias de Poeyredon de Issor”.
Como vemos la familia lleva al menos más de 470 años en el lugar. De ese lugar partió en 1753 rumbo
a Cádiz el fundador del apellido en el Río de la Plata don Juan Martín de Pueyrredon y Labroucherie.
Nos animamos a decir que es uno de los apellidos franceses más antiguos entre nosotros. Viajó a Buenos
Aires en el navío “Príncipe de San Lorenzo” que arribó a Buenos Aires el 5 de febrero de 1764. En ese
navío venían comerciantes, amigos de España que venían a probar suerte y hasta José de Yepes, un fraile
franciscano, bastante pillo por cierto, como que gracias a él conocemos la fecha exacta de su llegada.
Marcos y María Teresa no fueron los primeros ni serán los últimos en arribar con ánimo casi de
peregrinación a visitar esos viejos muros. Carlos Alberto Pueyrredon recordaba en 1962 que dos
décadas antes había visitado en Issor, “ruinas de piedra” de la antigua propiedad familiar; su hija Inés
Pueyrredon nos facilitó en el 2000 para una publicación las fotos del caserío que había visitado en 1998;
Julio Carlos Pueyrredon y otros miembros de su familia han recorrido el lugar.
Lo curioso y notable es que Marcos y María Teresa llegaron a Issor en la fecha en que se cumplían los
260 años de la llegada de don Juan Martín a Buenos Aires. Cuando decidieron escribir este recuerdo,
que hoy son páginas plenas de devoción familiar, ignoraban tan notable coincidencia que les hice notar,
con algunos datos de historia; para que quede como testimonio de las futuras generaciones.
Buscando ampliar la edición, los autores convocaron a su hermana Marigela Pueyrredon, destacada
artista plástica, para que ilustrara la obra; su cercanía física con respecto a todos nosotros de Issor es
una ventaja. Además, con los datos que habíamos aportado para dar a la obra el correspondiente aval
histórico, ella se encargó de hacer un relato ficcional poniéndose en el pensamiento de don Juan Martín
en esa aventura por así llamar a su viaje a las tierras de ultramar, como denominaba España a sus
posesiones fuera de Europa.
Ángela Mayquez Pueyrredon fue la encargada del diseño y a las fotos de Marigela, Teresa y Marcos, se
unen las de Pío Caro Baroja, un apellido señero en la cultura española.
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En el 2026 se cumplirá el 260º aniversario del matrimonio de aquel bearnés con la porteña Rita Damasia
Dogan, los fundadores ahora de esta familia. Ese año también se conmemorará el 250º aniversario del
nacimiento del más conocido de sus hijos Juan Martín de Pueyrredon, el Director Supremo al momento
de la Independencia y cuyo busto aún está ausente en la Galería de la Casa de Gobierno y esperamos se
pueda salvar la omisión en ese momento.
Este libro, este “cuaderno” de bitácora se presenta en el Cabildo de Buenos Aires, en la víspera de un
fecha de honda significación para la familia, ya que un 23 de agosto de 1806 se presentó Juan Martín de
Pueyrredon y expuso que en el día de la reconquista tuvo la suerte de quitar a un oficial inglés un guión
o estandarte del Regimiento prisionero número setenta y uno, a tiempo que trataba de ocultarlo; y que
ahora tenía el honor de presentarlo como buen Patriota a este Ilustre Cabildo, para que conservase
en su archivo por monumento eterno de las glorias que adquirió la Patria en la famosa acción del día
doce de Agosto. Pocos días después presentó la nómina de los que lo acompañaron en Perdriel y en esas
jornadas, allí están sus hermanos José Cipriano y Juan Andrés.
Por ello es que esta reunión en el Cabildo, es algo así como el puntapié inicial de ese encuentro que
convocamos para dentro de dos años. Cuando se realizó el primero en el 2000, en este mismo lugar
presenté Los Pueyrredon, y quedó de mi parte el compromiso de un segundo libro, Los otros Pueyrredon.
Es hora de empezar con pequeñas semblanzas de muchos de ellos y completar la frondosa copa del árbol
familiar. Y para eso también están convocados todos los que puedan aportar información, anécdotas,
para hacer un archivo familiar, un libro tradicional, pero también como lo llama Marcos, un libro vivo.
De Juan Andrés de Pueyrredon descienden Marigela y Marcos, y estas páginas son una prueba acabada
de la conciencia responsable que significa honrar a los antepasados que reviven por la ley de Dios y de
la sangre en el corazón de sus descendientes, y también de señalar la justicia histórica que merecen a la
posteridad argentina.
DESTINOS ENTRELAZADOS
Las travesías de los Pueyrredon
Por Marcos Pueyrredon
En el umbral de esta odisea, Tras las huellas de los Pueyrredon, nos situamos al borde de una saga de
relatos que son tanto un viaje físico como espiritual, guiados por el invisible pero palpable legado de
los Pueyrredon. No se trata meramente de expediciones geográficas desde y hacia Issor, sino de una
exploración profunda en el tiempo y el espacio, tejiendo las historias de aquellos que, sin saberlo,
prepararon el camino para nosotros y muchos seguiremos esos pasos construyendo sobre ellos nuevos
legados.
Desde el primer viaje de Retorno a Issor, donde la aventura ancestral comienza a desplegarse en nuestro
descubrimiento de Issor, hasta el eco de La magia de un rincón del Pirineo, cada relato se convierte en
un capítulo vital de un libro vivo aún por escribirse.
Estos viajes son testimonios de encuentros inesperados con el pasado, dialogando con ecos y enseñanzas
que resuenan más allá del tiempo y del lugar, construyendo un puente entre lo que fue, lo que es y lo
que será.
Como bien nos dijo Roberto Elissalde, nuestro querido pariente, amigo y “oráculo” sobre los Pueyrredon,
Dios escribe derecho en líneas torcidas. En efecto, estas aventuras no fueron trazadas por nosotros, sino
que fue la fuerza de los Pueyrredon la que nos guió, marcando nuestro camino con una serie de eventos
afortunados. Desde la elección de las fechas hasta el derrotero de ciudades y pueblitos visitados, cada
alojamiento, cada comida y cada anécdota compartida fueron ladrillos de un camino que nos condujo
hacia Issor y eventualmente, hacia la construcción de estos relatos.
Las travesías documentadas en estos escritos son una parte esencial de este legado. Cada uno de sus
viajes, no solo narra la historia de nuestros ancestros sino también la continuidad de un vínculo que
trasciende el tiempo, impregnados de emoción y detallados en su descripción, nos ofrecen una visión
íntima y personal de la historia de la familia Pueyrredon, enriqueciendo esta odisea y dándonos una
comprensión más profunda de nuestra identidad. Estos viajes no solo son testimonio de la perseverancia
y el amor por nuestras raíces, sino que también construyen puentes entre las generaciones, recordándonos
que la historia que compartimos es un legado vivo, en constante evolución y renovación.
Al igual que los legendarios tres mosqueteros de Alejandro Dumas, cuyo origen bearnés compartimos,
los Pueyrredon reeditamos estas aventuras con el mismo espíritu audaz y solidario. Cada uno de los
cuatro viajes relatados en este libro vivo refleja esa intrépida camaradería de Todos para uno y uno para
todos. Desde la odisea inicial hacia América, donde un joven bearnés emprendió una travesía llena
de desafíos y sueños, hasta el retorno cargado de memorias que nos conecta con nuestras raíces más
profundas, cada viaje es una epopeya de unión y valentía. En la exploración de Issor, encontramos no
solo piedras y leyendas, sino también el eco de nuestros antepasados que nos guían y enseñan.
La Fuente de Issor. © M.P
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Tras las huellas de los Pueyrredon
Finalmente, en La magia de los Pirineos, descubrimos un rincón que une nuestro pasado con nuestro
presente, adaptando y manteniendo vivo nuestro legado. Estos relatos no solo narran nuestras travesías
físicas, sino también las hazañas de una familia que, con la misma determinación y lealtad de los
mosqueteros, se une en busca de sus raíces y su identidad, reafirmando en cada paso la fortaleza y la
perseverancia que nos definen.
Cada historia puede leerse de forma independiente, ya que cada una cuenta una trama particular. Sin
embargo, en su conjunto, construyen ese legado que muestra con el ejemplo la frase que siempre repite
nuestro “Papaíto” Julio Carlos desde que tenemos uso de razón: los Pueyrredon somos Vencedores de
imposibles. Esta frase encapsula el espíritu indomable y la resiliencia que han caracterizado a nuestra
familia a lo largo de los siglos.
Roberto Elissalde, en su papel de “Albus Dumbledore”, no solo nos acompañó con sabiduría y guía en
cada desafío de nuestra odisea, sino que, con su conocimiento profundo, aseguró la precisión histórica
de nuestros relatos, enriqueciéndolos y dándoles un valor documental que trasciende una simple crónica
de viaje. Su magia nos permitió abrir ventanas al pasado al mejor estilo y sin nada que envidiarle
al ritual del “pensadero” que apreciamos en las distintas películas de Harry Potter, y a través de la
documentación histórica, compartir con ustedes “perlitas” de una saga de viajes que ahora empiezan a
descubrir.
Entre los entresijos del tiempo y el destino, una fecha resplandecía con especial significado en nuestro
horizonte: el año 2026, marcando los doscientos cincuenta años del nacimiento de Juan Martín de
Pueyrredon, el descendiente más ilustre de aquellos bearneses cuya morada ancestral visitamos en
nuestro viaje. Este aniversario no era sólo una fecha en el calendario, sino un llamado a honrar y
profundizar en el legado de una familia cuyas raíces se extienden a través del tiempo y el espacio,
entrelazando la historia y el presente en una trama de continuidad y renovación.
Sin embargo, fue Roberto, con su ojo crítico y su dedicación a escrutar el pasado, quien desveló otra
conmemoración de igual magnitud, aunque menos recordada. El 5 de febrero de 2024, una fecha que
pasó casi inadvertida en el torbellino de la vida cotidiana, marcaba los doscientos sesenta años desde
la llegada, en 1764, del fundador del apellido Pueyrredon a Buenos Aires. Esta coincidencia, o mejor
dicho, este destino escrito en líneas torcidas por manos divinas, nos recordó que la historia se teje con
hilos invisibles, conectando eventos y personas a través de siglos en un diseño mayor que a menudo sólo
podemos vislumbrar retrospectivamente.
Pero el 2026 guardará aún más resonancias con el pasado: se cumplen también los doscientos sesenta
años del casamiento de don Juan Martín de Pueyrredon con doña Rita Dogan, marcando no solo el
nacimiento de una familia sino el inicio de una estirpe cuya influencia y legado se extienden hasta
nuestros días. Este acontecimiento, más que un mero hecho histórico, simbolizará el inicio de una saga
familiar que ha influido en el devenir de nuestra historia, cultura y sociedad. Esa fecha fue el comienzo
de un linaje que ha navegado por los mares de la historia, enfrentando tempestades y bonanzas, pero
siempre manteniendo el rumbo hacia la excelencia y el compromiso con su legado.
En la confluencia de estos aniversarios, nuestro viaje a Issor y la creación de estos relatos cobran un
nuevo significado. No se trata solo de una exploración personal o familiar, sino de un acto de memoria
y homenaje a aquellos cuyas vidas y decisiones han trazado el camino que hoy transitamos. Este
reconocimiento del pasado, lejos de anclarnos, nos impulsa hacia el futuro, inspirándonos a llevar
adelante el legado de los Pueyrredon con la misma determinación, coraje y visión que ellos demostraron.
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Así, mientras avanzamos hacia el 2026, lo hacemos con la conciencia de que estamos escribiendo el
próximo capítulo de una historia que comenzó hace siglos. En este entrelazado de pasado, presente y
futuro, cada paso que damos es un homenaje a aquellos que vinieron antes que nosotros y un legado
para aquellos que nos seguirán, en una cadena ininterrumpida de esfuerzo, pasión y dedicación que
define lo que significa ser parte de la familia Pueyrredon. Estos viajes, entonces, son mucho más que
la celebración de aniversarios; son el reconocimiento de una historia viva que continúa creciendo,
evolucionando y enriqueciéndose con cada nueva generación.
Esta introducción, querido lector, es la invitación a unirse a nosotros en Tras las huellas de los
Pueyrredon, no solo para seguir las huellas de y hacia el soñado pueblo de Issor sino para ir mucho
más allá, en un viaje que conecta el pasado con el presente, y el presente con el futuro, celebrando la
historia, la familia, y el inquebrantable espíritu humano que nos impulsa a explorar, descubrir y, sobre
todo, a recordar.
Nuestro “oráculo” nos aporta estas muy sabias enseñanzas de Osvaldo Loudet en su libro Recuerdos de
infancia y juventud:
El culto de la familia es el más sagrado de todos.
El que no lo practica se debilita en la lucha y se pierde en el tumulto social.
En todos los hogares existen actores humildes o prestigiosos, desconocidos o relevantes,
almas reservadas o expansivas, pero todos pueden tener
valores morales que las entrelacen.
La mayor parte de lo que somos se lo debemos a ellos y no a nosotros mismos.
Invitamos a todos los miembros de la familia Pueyrredon y a aquellos conectados con nuestro linaje,
a que se unan con un espíritu colaborativo, en red y abiertos a compartir sus experiencias, historias y
anécdotas sobre quienes contribuyeron a la grandeza de nuestra familia con pequeñas y grandes acciones.
Sus relatos son esenciales para enriquecer este libro vivo y las sagas que posteriormente desarrollaremos
juntos para asegurarnos de que la historia de los Pueyrredon siga creciendo, evolucionando y siendo un
faro de inspiración para las generaciones venideras.
¡Compartan sus historias y juntos mantendremos viva la llama de nuestro legado!
DE CÁDIZ A BUENOS AIRES
El viaje de un joven bearnés que partió a las Américas
Por Marigela Pueyrredon
Un joven bearnés de veinticinco años se encontraba absorto en el bullicioso puerto de Cádiz donde su
hermano mayor Diego, al que cariñosamente llamaba “Jacques”, se había establecido para iniciar un
pujante comercio con las Indias. La constante actividad del puerto, con sus naves entrando y saliendo,
despertaba en Jean-Martin de Pueyrredon y Labroucherie un ferviente deseo de aventuras en el Nuevo
Mundo.
Los graznidos de las gaviotas y las voces de los marineros se confundían impregnados del olor a salitre
y desafíos. Jean-Martin observaba con asombro el imponente navío de línea que lo llevaría al sur. Era
un coloso de madera de roble con tres mástiles, robusto y pertrechado de cañones, diseñado para largas
travesías y enfrentar cualquier amenaza pirata en el vasto océano Atlántico.
La travesía de Jean-Martin no solo significaba una aventura personal, sino una misión familiar. Su
hermano insistía en que se instalara en Buenos Aires para supervisar y controlar los negocios. A lo largo
de los años, Jacques había logrado establecer una sólida red comercial, pero necesitaba una presencia
confiable en ese puerto para asegurar que las operaciones se llevaran a cabo sin contratiempos y explorar
nuevas oportunidades en las prósperas tierras del sur.
La palabra significaba mucho en la tierra desde donde provenía, su familia estaba establecida con casas
y tierras en Issor, situado en el Valle de Baretous, que forma parte del Béarn, Francia. Esta región,
en los Pirineos Atlánticos, tenía una rica historia, ya que fue un estado independiente desde la Edad
Media hasta su integración en Francia en el siglo XVI. Fue gobernada por los vizcondes del Béarn,
quienes establecieron su poder y promulgaron los famosos Fors de Béarn (Fueros de Béarn), los
cuales representan la más antigua legislación escrita de Francia. Los fueros consistían tanto una carta
política como un código de justicia al que incluso el soberano de Béarn no podía sustraerse. Jean-Martin
recordaba las historias de su abuelo sobre los vizcondes y la aplicación de los fueros, y cómo estos
mantenían la importancia de los acuerdos, que se respetaban no solo por la fuerza de la ley, sino por el
honor y la confianza entre las personas. Esto era algo que llevaba profundamente arraigado en su ser.
El pueblo donde había nacido se encuentra situado en un paisaje natural de valles y bosques mixtos de
hayas y pinos, típicos de los climas frescos y húmedos de los Pirineos y habitados por osos, rebecos,
jabalíes y rapaces. Los ríos de Lourdios y el Laboo transcurren con sus aguas cristalinas a lo largo de
los caminos que atraviesan las tierras de las fermes (granjas) situadas en las afueras. Toda la región está
rodeada por montañas y colinas, como el pico del Anie (2504 metros), el Arlas (2044 m), el Layens
(1625 m) y los collados (pasos) como el Trône du Roi (1266 m), hogar de las grandes rapaces, y el Col
de Napatch (1096 m).
En el Béarn, la memoria del pasado trasciende las fronteras y hermana pueblos vecinos. Un ejemplo de
ello es el Tributo de las Tres Vacas. Cada 13 de julio, Jean-Martin acudía con su familia a este evento
que se celebra desde 1375, en un impresionante enclave natural en el macizo de la Piedra de San Martín
La Fuente de Issor. © M.P
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Tras las huellas de los Pueyrredon
(actual mojón 262) o Macizo de Larra, entre los valles de Roncal y Baretous, lugar que sirve como punto
de encuentro para las comunidades de ambos lados de la frontera entre Francia y España. La Piedra de
San Martín se encuentra en una extensa zona kárstica, un paisaje que invoca el espíritu cautivo en las
piedras de la montaña. Bajo esta zona se encuentra, oculta, una impresionante red de cuevas y simas de
gran profundidad, donde las corrientes subterráneas que resurgen de seis manantiales fluyen hacia los
ríos franceses. La vertiente norte desemboca en el río Lourdios de Issor.
Recordaba esos días festivos al comienzo del verano, cuando los valles reverdecen y la comunidad
se reúne para honrar este antiguo tributo que no es solo un pacto simbólico, sino un antiguo acuerdo
transfronterizo con obligaciones recíprocas, donde los baretoneses entregan tres vacas pirenaicas
cuidadosamente seleccionadas y los roncaleses ceden sus pastos durante, al menos, veintiocho días del
verano. En él participan los alcaldes y representantes de ambos valles. Tras responder afirmativamente
tres veces, colocan sus manos, una sobre otra, sobre la piedra y se pronuncia por tres veces: Pax Avant
(paz en adelante).
Desde allí, Jean-Martin iniciaba el camino de descenso, donde podía observar, pastando en grupos, a
las robustas vacas pirenaicas, con su pelaje rojizo, libres en los verdes prados que comienzan en el alto
de Belagua. Desde hace siglos, estas vacas son consideradas el símbolo del Béarn y están presentes
en su escudo: sobre un campo dorado, dos vacas pasantes de gules (rojas), cornadas, acollaradas y
campanadas de azur (azules).
Para un joven bearnés, a finales de 1763, atravesar el Atlántico hacia les Amèriques, sabiendo que nunca
más volvería, era una experiencia cargada de emociones y decisiones profundas. Significaba despedirse
de su tierra natal y de todo lo que conocía, enfrentarse a los peligros del mar y la incertidumbre del futuro.
Al mismo tiempo, ofrecía la posibilidad de un nuevo comienzo, con oportunidades y experiencias que
su tierra natal no podría ofrecerle. Este viaje, cargado de despedidas y esperanzas, era la oportunidad
de crear de un nuevo futuro en tierras lejanas. Buenos Aires, como parte de las colonias españolas,
prometía tierras fértiles, posibilidades comerciales y un nuevo comienzo. Aunque el viaje implicaba
riesgos y sacrificios, también ofrecía la emoción de la aventura. Descubrir nuevas tierras, culturas y
experiencias era una motivación poderosa.
El viaje desde Cádiz hasta el puerto de Buenos Aires no era una empresa sencilla. Se esperaba que la
travesía durara alrededor de tres meses, dependiendo de los vientos y las condiciones del mar. Durante
este tiempo, Jean-Martin compartió su vida con marineros de diversas nacionalidades, comerciantes y
otros aventureros en busca de fortuna.
Los barcos de línea que partían hacia las Indias eran complejas y bien equipadas máquinas de navegación,
diseñadas para enfrentar las largas travesías transatlánticas. Estos navíos no solo eran cruciales para el
comercio y la comunicación por correo entre España y sus colonias, sino que también representaban
una hazaña de ingeniería. Conformaban una comunidad flotante que enfrentaba numerosos desafíos en
el mar. La vida a bordo era dura, pero también estaba llena de camaradería. Jean-Martin compartía su
camarote con dos jóvenes comerciantes españoles, con quienes pronto entabló amistad. Las noches se
pasaban contando historias bajo las estrellas, soñando con las riquezas y las aventuras que les aguardaban
en el Nuevo Mundo. La comida era simple pero suficiente: pan duro, carne salada y ocasionalmente,
pescado fresco.
La primera escala fue en las Islas Canarias, una parada para reabastecerse de agua fresca y provisiones.
Las islas también servían como punto de ajuste de la navegación antes de emprender la travesía del
Atlántico. Desde este puerto comenzaron el cruce siguiendo las corrientes y vientos alisios hacia el
suroeste. Este tramo era de navegación rápida debido a los vientos favorables.
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disponía de un nudo cada cinco metros y catorce centímetros, los cuales se contaban para poder medirla.
Las bodegas de los barcos se aprovechaban plenamente para cargamento y llevaban una amplia variedad
de mercancías, incluyendo textiles, herramientas, armas, vinos, y aceite de oliva desde España hacia las
colonias. A su regreso, transportaban oro, plata, especias, tabaco, cacao, pieles, textiles y otros productos
coloniales que se almacenaban cuidadosamente para maximizar el espacio y asegurar la estabilidad del
barco.
La travesía trajo consigo tormentas y mares agitados. El barco se balanceaba peligrosamente mientras
los marineros luchaban por mantener el control. Fue durante una de estas tormentas que Jean-Martin
realmente comprendió la magnitud del desafío que había aceptado. Aún a pesar del riesgo, la solidaridad
y el coraje de la tripulación le dieron fuerza y determinación.
Cerca del ecuador, sin embargo, el barco estuvo retenido durante varios días debido a la calma ecuatorial,
también conocida como “calma chicha”, porque los vientos eran escasos. La tripulación quedó presa del
temor a que esta situación se extendiera durante muchos días. Las largas travesías aumentaban el riesgo
de enfermedades como el escorbuto, causado por la falta de vitamina C. La higiene era rudimentaria
y las enfermedades podían propagarse rápidamente. Finalmente, luego de una larga espera, debieron
redirigir el rumbo a un puerto de la costa este brasileña para reaprovisionarse de agua y alimentos.
Después de casi tres meses en el mar, avistaron el puerto de Buenos Aires, que era la principal entrada a
la región del Río de la Plata. La ciudad se extendía ante ellos como un mosaico de techos de tejas sobre
la barranca al río. Navegar en estas aguas presentaba sus propios desafíos debido su poca profundidad
y a las corrientes fuertes. Los barcos debían ser cuidadosamente guiados por pilotos locales y muchas
veces ni siquiera alcanzaban el puerto, por riesgo a encallar. Todo el fondo era fangoso y la tripulación,
entonces, debía alcanzar la orilla en los botes. Se debía dirigir el barco hacia un sitio conocido como
“El Pozo”, situado directamente frente a la ciudad y a una distancia accesible desde la playa, donde solo
los barcos con licencia del Rey de España podían llegar. Los que carecían de tal autorización estaban
obligados a fondear una distancia de una legua marina río arriba.
Jean-Martin sintió una mezcla de alivio y emoción al ver su destino. Sabía que su llegada significaba
el comienzo de una nueva etapa. Al desembarcar, respiró profundamente el aire cálido y húmedo de
Buenos Aires. Miró alrededor, tomando nota de cada detalle: las gaviotas que graznaban sobre los
mástiles, los comerciantes que gritaban sus ofertas, los trabajadores moviéndose con rapidez. Sabía que
el verdadero desafío apenas comenzaba, pero estaba listo para enfrentarlo con la misma determinación
y espíritu que lo habían llevado hasta allí. Con un último adiós al barco que había sido su despedida de
Europa, Jean-Martin se adentró en la ciudad, preparado para hacer sus negocios y asegurar el futuro de
su familia en la que sería su nueva patria.
Se asentó en Buenos Aires y contrajo matrimonio con Rita Damasia Dogan y Soria, con quien tuvo la
dicha de iniciar una familia. En el año 1776, se produjo un giro significativo en el horizonte político
español. Bajo la influencia de las reformas borbónicas, la creación del Virreinato del río de la Plata trajo
consigo una oleada de optimismo y promesas de renovación. Buenos Aires, con su puerto estratégico,
se perfilaba como una alternativa vital a la Ruta del Galeón, que había demostrado ser vulnerable a los
ataques enemigos. Estos cambios transformaban el panorama económico y también ofrecían nuevas
oportunidades a los visionarios y valientes que, como Jean-Martin, se atrevían a soñar con un futuro
próspero en tierras lejanas.
Dos años después, en 1778, el Reglamento para el Comercio Libre de España e Indias, promulgado por
el rey Carlos III, y la creación de la Aduana de Buenos Aires, representaron hitos en la apertura comercial
de la región. Para Jean-Martin, estos desarrollos fueron más que meras reformas burocráticas; eran un
llamado a la acción, una invitación a participar en el florecimiento de un nuevo orden económico. La
casa de exportación que había fundado en Buenos Aires, en estrecha colaboración con su hermano en
Cádiz, prosperó bajo esta nueva era de comercio libre y recíproco.
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Presentó ante el Cabildo, en abril de 1785, una Real Cédula expedida en San Ildefonso el 15 de
septiembre de 1784. Este documento, que era una Carta de Naturaleza, le concedía el derecho de
contratar libremente en todos los dominios del Rey de España, estableciéndose como un ciudadano
naturalizado con todos los derechos y privilegios correspondientes. La Real Cédula, firmada por el Rey
Carlos IV, le aseguraba disfrutar de todos los derechos y honores como cualquier otro súbdito del reino
de España, incluyendo el derecho a residir y comerciar en las Indias sin restricciones.
Para Jean-Martin, que adoptó el nombre español de Juan Martín, este reconocimiento oficial no era
solo una formalidad legal, era la validación de su esfuerzo, su visión y su compromiso con la tierra
que ahora consideraba su hogar. Este documento sellaba su integración en la sociedad y economía de
Buenos Aires, otorgándole una identidad que combinaba su herencia europea con su nueva vida en el
continente americano. En este cruce de caminos, Juan Martín confiaba en hallar oportunidades para que
su emprendimiento prospere y, a la vez, contribuir al crecimiento y desarrollo de su entorno adoptivo.
Los cambios introducidos por las reformas borbónicas eran pasos necesarios hacia un futuro más
equitativo y dinámico. Las barreras comerciales que una vez asfixiaron la economía colonial estaban
siendo desmanteladas, reemplazadas por políticas que fomentaban la iniciativa privada y la expansión
del comercio. Juan Martín veía en estas reformas la posibilidad de un crecimiento en una época en la
que el ingenio y el esfuerzo personal debían prevalecer.
Durante los años siguientes, la empresa de Juan Martín se afianzó y en cada transacción mantenía
viva la tradición de confianza y respeto que tanto valoraba de su tierra natal. Su historia de coraje, de
integración y éxito, nos recuerda que el espíritu humano, en su búsqueda de nuevos horizontes, puede
transformar el mundo. La familia Pueyrredon Dogan creció, y con el tiempo, sus hijos comenzaron a
asumir responsabilidades importantes en la vida pública de Buenos Aires. Este legado de compromiso
y emprendimiento continuaría a lo largo de las generaciones.
RETORNO A ISSOR
El llamado que proviene del vínculo entre generaciones
Por Marigela Pueyrredon
Era una fría noche de diciembre cuando Julio Carlos Pueyrredon llegó desde Buenos Aires para visitar
a su hermano Raúl en Madrid. La ciudad, con su atmósfera invernal, acogía el reencuentro de los
hermanos, quienes llevaban tiempo sin verse. En la intimidad de un acogedor salón, con una copa de
vino en la mano, se dispusieron a ponerse al día.
Raúl, con una sonrisa nostálgica, comenzó a relatar a Julio su reciente travesía por tierras francesas.
—Imagina, Julio, junto a la familia recorrimos gran parte de Francia en coche,
—comenzó a decir— Fue una aventura increíble, pero lo más emocionante fue encontrar el pequeño
pueblo de donde provenían nuestros ancestros.
Julio, intrigado, lo miró con interés.
—Te refieres a Issor, ¿verdad? —preguntó, recordando las historias que su padre les había contado.
—Exactamente —asintió Raúl— Issor, en el Béarn, Pirineos Atlánticos. Fue como retroceder en el
tiempo. Con perseverancia logramos llegar. Y al estar allí, pudimos sentir una conexión profunda con
nuestros antepasados.
Julio levantó su copa y miró a su hermano con emoción.
—Somos tataranietos de Juan Andrés, —dijo con orgullo— Uno de los hijos de Juan Martín (Jean-
Martin) de Pueyrredon y Labroucherie, el mismo que partió de Issor en el siglo XVIII.
Raúl asintió con fervor.
—Así es, y estar allí, en el mismo lugar donde todo comenzó para nuestra familia, fue una experiencia
que no puedo describir con palabras. Es como si pudiéramos sentir la presencia de Juan Andrés a través
de su padre, Jean-Martin, sus sueños, sus luchas.
Julio sonrió, sintiendo una conexión renovada con su historia familiar.
—Es impresionante pensar en cómo nuestras raíces nos han traído hasta aquí, cómo sus decisiones han
moldeado nuestras vidas.
Raúl levantó su copa, brindando por el pasado y el presente.
—Por nuestros ancestros y por nosotros, que mantenemos viva su memoria.
Ambos hermanos bebieron en silencio, compartiendo un momento de profunda reflexión y gratitud. La
fría noche de Madrid se llenó de calidez y camaradería.
El día siguiente se desveló frío y gris, como un presagio de lo que vendría. Ese año, 1993, sería un
La Fuente de Issor. © M.P
21
Tras las huellas de los Pueyrredon
invierno de muy bajas temperaturas. La estación de trenes de Chamartín, con su arquitectura moderna
y su bullicio cotidiano, ofrecía a Julio un buen punto de partida. Determinado, subió al tren que lo
conduciría rumbo a París. No tenía un plan definido; la brújula de su viaje se guiaba por su intuición de
marino y la experiencia acumulada para resolver problemas a lo largo del viaje, según sucedieran los
acontecimientos. Al llegar a la estación de Austerlitz, se adentró en la búsqueda de cómo llegar a Issor,
un recóndito pueblo en el Béarn, Pirineos Atlánticos. Su pregunta, simple y directa, parecía desafiar la
memoria de quienes consultaban los mapas con perplejidad. Finalmente, con indicaciones confusas, le
explicaron que debía dirigirse a Pau, capital de Nueva Aquitania, que parecía ser la puerta de entrada
más próxima al pequeño pueblo francés.
Ya instalado en el tren, Julio percibía cómo la certeza de su destino crecía en él, avivando su curiosidad.
En su mente, veía el próximo punto trazado como en una carta de navegación. Desde la ventanilla,
observaba cómo el paisaje cambiaba lentamente, de llanos fértiles a valles ondulados. Cuando el tren
comenzó trepar entre las suaves colinas y los meandros de ríos, intuyó que estaba llegando a Pau, una
ciudad digna de exploración. Observó cómo la ciudad se dividía en dos mundos: la parte alta, donde
el casco antiguo y el majestuoso castillo se erguían, y la parte baja, moderna y dinámica, que crecía a
lo largo del río que toma el nombre de la ciudad. Ambas zonas se conectaban mediante un funicular
antiguo, una reliquia que aún funcionaba. En un pequeño restaurante, encontró consuelo en un potaje
con carne y patatas cuyo sabor le recordó a los guisos de su madre.
Por la tarde, se dirigió en un tren hacia Oloron Sainte-Marie, donde decidió pasar la noche en una
hostería cercana a la estación. La habitación, pequeña y acogedora, parecía un camarote con vigas y
tablas de madera, se asomó a un ventanuco que sobresalía y las vistas a los Pirineos le ofrecieron el calor
de una bienvenida reconfortante.
Al amanecer, con una energía renovada, dejó sus maletas en la hostería y, con una mochila ligera, tomó
un autobús que lo dejó en Asasp-Arros. Desde allí, sin más transporte público, siguió el instinto de los
navegantes y se orientó por la dirección del curso del río. Comenzó a caminar por el sendero que lo
bordeaba. Tenía un murmullo constante entre las rocas que se mezclaba con el sonido de sus pasos.
Atravesaba un valle medianamente abierto en pendiente, entre las montañas que le abrazaban de ambos
lados. Un viajante, al verle solo y con su mochila, se detuvo y se ofreció a llevarlo a Issor. Julio aceptó
con gratitud y, tras un breve trayecto, llegó al centro del pueblo.
Issor se encontraba en un enclave singular, anclado en la ladera suave de ese valle alto. Una densa niebla
cubría la plaza. Escuchó el sonido de la campana de la iglesia tañir tres veces seguidas, y luego tres más,
como los barcos que anuncian su presencia en el mar. Estaba en la plaza, un lugar tranquilo y solitario,
que le recibió con la serenidad de sus elementos más esenciales. Podía intuir la fachada de la Mairie (la
Intendencia) que se extendía majestuosa a lo largo del espacio abierto. Frente a ella, cruzando la calle,
una fuente de agua fresca le invitaba a beber. El aire transportaba la niebla y el humo de las chimeneas
encendidas y, más abajo, emergían las casas bearnesas desde las callecitas sinuosas que descendían
desde la plaza. Tenían los tejados inclinados, cubiertos de nieve sobre tejuelas de pizarra, sus paredes
eran muy blancas, con ventanas y contraventanas de madera pintadas en colores vivos para destacar
sobre el paisaje invernal.
En un extremo de la plaza, se alzaba la iglesia Saint Jean l’Evangeliste, una construcción sencilla, pero
de imponente presencia, pintada también de blanco, con gruesas paredes de piedra y ventanas angostas.
Un gran tejado oscuro y puntiagudo se elevaba hacia el cielo y se clavaba en la niebla. Era visible por
encima de todos los tejados, marcando el lugar de encuentro. Recorrió los alrededores y todo estaba
cerrado, salvo el portón de la iglesia. Aunque parecía custodiar antiguos secretos con una solemnidad
que imponía respeto, el portón estaba abierto. El frío era intenso, pero al entrar, Julio encontró un
22
Diario de viaje
refugio cálido. Con pasos lentos y reverentes, se acercó al altar y se arrodilló para rezar, agradecido por
estar allí. La luz, tamizada por los pequeños vitreaux de las ventanas, creaba una atmósfera intimista.
Encendió una vela y permaneció allí, inmerso en la meditación, observando cada detalle de los retablos
tallados en madera que contrastaban con la sencillez de la construcción en piedra y los suelos de barro.
La iglesia, aunque pequeña, parecía contener un vasto espacio en su interior.
Al salir, guardó un minuto de silencio frente al monumento a los caídos en la guerra y volvió a recorrer
la plaza. Nadie se presentó, pero se sentía acompañado. La campana había despertado al espíritu del
pueblo y la niebla se disipaba. En una pared de la fachada de la iglesia, encontró placas conmemorativas
y, especialmente una, que captó su atención. Estaba dedicada a la memoria de la familia Pueyrredon,
originaria de Issor. La inscripción mencionaba a Juan Martín de Pueyrredon (hijo de Jean-Martin),
destacando su papel crucial en la liberación y constitución de la República Argentina. A escasos pasos,
descubrió una pequeña cancela que lo llevó a un cementerio al aire libre, situado a un costado de la
iglesia. Con una mezcla de intriga y respeto, entró y comenzó a explorar las tumbas. Los nombres
tallados en las lápidas resonaban en su memoria. Con cierto temblor, apuntó en su libreta aquellos que
reconocía, como Paul Labroucherie, fallecido en 1868, y Jean Labroucherie, en 1892, entre otros. Algo
más se había despertado, en el silencio de aquel día invernal, Julio sintió una paz inmensa que parecía
remontarse a través de generaciones.
Al emprender su camino de regreso, un atento vecino, conduciendo un Mercedes, se ofreció a llevarlo
hasta Oloron Sainte-Marie. Aunque Julio hablaba pocas palabras en francés, se comunicaron fluidamente
gracias a la simpatía mutua. Durante el trayecto, le contó que venía desde Argentina para visitar el
pueblo que había sido el punto de partida de su antepasado. El conductor, con una franca sonrisa, le dijo
vivamente:
—Tú eres de aquí, tu sangre te ha traído. Los bearneses son hijos de la sangre. Tú has sentido el llamado
que te hace retornar a Issor.
Era Bernard Delhay, quien jamás olvidaría este encuentro.
Julio comprendió que la fuerza que lo había impulsado hasta allí tenía un propósito mucho más profundo.
Pensó en aquel joven Jean-Martin que había decidido partir para embarcarse hacia tierras desconocidas.
Sintió en sus venas la fuerza indomable de su espíritu, que hace honor al lema de su familia: Vencedores
de imposibles, y entendió por qué estas palabras le orientan en la vida. Él comparte este espíritu con
todos aquellos que enfrentan la adversidad sin jamás rendirse. Su destino tenía ahora una visión más
esclarecedora y por fin sintió, con emoción, que ese coraje de valientes puede atravesar el mundo.
MEMORIA VIVA
La continuidad del viaje como transmisión del legado familiar
Por Marigela Pueyrredon
Desde la Costa Mediterránea, en unas vacaciones inolvidables, partió la familia Pueyrredon rumbo a la
Costa Norte. Julio Carlos, su esposa Ada Isabel, sus hijas Marigela y Magdalena, así como sus queridos
nietos, Ángela y Carlos, se embarcaron en una travesía que prometía conectar el pasado y el presente
de la historia familiar. Los momentos más impactantes de este viaje aún persisten en la memoria. Uno
de ellos revive el espíritu aventurero de lanzarse al mar en busca de nuevos horizontes. Paseaban por
la plaza del Pilar en Zaragoza, donde habían comprado un enorme bloque de chocolate y los niños
mordisqueaban sus trozos, cuando don Julio comenzó a entonar canciones marineras con su voz ronca
característica:
Nosotros los viejos marinos
Haremos un barco de guerra
Y a beber, a beber, en el fondo del mar
Porque ya no se puede beber en la tierra.
Todos se unieron al canto, con la boca llena de chocolate, creando un coro que parecía evocar las voces
de los antiguos navegantes que alguna vez surcaron esos mares:
Se lo ha tomado todo
Y no ha dejado nada
Volvamos a empezar
Volvamos a empezar.
Era abril de 2004, a mediados de la primavera. Pronto continuaron su viaje hacia el norte con la
intención de contemplar el mismo mar que habían visto sus antepasados. Finalmente lo alcanzaron
a ver, por primera vez, en la Playa de La Concha, en San Sebastián, una entrada de mar con aguas
tranquilas protegidas por la isla de Santa Clara. Recorrieron el paseo marítimo que hay entre el puerto
y el Peine del Viento. En el siguiente pueblo, Saint Jean de Luz, se empaparon del ambiente pesquero
que perdura desde hace siglos. Pasearon por las calles peatonales Gambetta, Loquin y de la République,
y al mediodía, en el Mercado de Les Halles, Isabel quedó fascinada por la gran variedad de productos
locales, sus quesos, y se deleitó con el descubrimiento del Ossau Iraty, típico del Béarn, el Morbier, con
su delgada línea de cenizas, y el delicioso Reblochón.
Se alojaron en una hostería y un restaurante cercano les sirvió la cena con pescado que provenía del
puerto: merluza en salsa verde, muy apreciada en la zona, así como anchoas, chipirones a la plancha
y mejillones. A la mañana siguiente, continuaron hacia Biarritz, donde el mar se abre en La Grande
Plage y se extiende a lo largo de la ciudad. La arena es dorada y crea un gran contraste con las aguas
azul profundo del Atlántico. La costa rocosa está cercana a esta playa y añade un elemento dramático al paisaje. Esculpida por la erosión del viento y el agua a lo largo de los siglos, se adentra como espigones
en el mar y desde un promontorio pudieron observar mejor el horizonte, esa lejanía donde se encuentran
los sueños.
Después de explorar la costa, viajaron al corazón de Aquitania, siguiendo la ruta de Sauveterre hacia
Oloron Sainte-Marie. El paisaje cambiaba a medida que ascendían por las carreteras con curvas entre
colinas, prados y bosques de los Pirineos. En Asasp-Arros, comenzaron a sentir la proximidad de Issor.
Algo de nieve se encontró a un lado de la carretera cuando cruzaron algún paso. Ángela y Carlos se
bajaron del coche y saltaron sobre esa pequeña acumulación de nieve blanca y brillante entre las rocas.
Querían quedarse jugando allí. Como en su viaje anterior, don Julio señaló que lo mejor era seguir el
camino trazado por el río que traía el agua desde la Piedra de San Martín hacia el Valle de Baretous.
La plaza de Issor les aguardaba a pleno sol, como si estuviera esperando el retorno. Descendieron del
coche y estaba todo abierto. Había una terraza con mesas colocadas al aire libre y allí se podía tomar
algo. La Mairie, con gente trabajando en su interior y la iglesia de Saint Jean que, como siempre, les
ofreció refugio. Toda la familia se reunió en su interior. Ocuparon los bancos de madera y se imaginaron
los bautizos, las bodas y otras ceremonias a las que asistieron sus antepasados. Quizás ellos también
encendieron velas para pedir por la buena salud de aquellos que se embarcaron a las Américas. La
iglesia podría haber sido el lugar donde se recibían las cartas enviadas a través de los barcos que
cruzaban el Atlántico y, desde los puertos, eran transportadas por mensajeros a caballo, en carruajes o
a pie. Pensaron en cuántas noticias habrían sido compartidas en ese lugar, cargadas de alegrías y penas,
y cuántas familias añoraban a sus hijos.
Comieron en el restaurante de la plaza, sentados en las mesitas de fuera, y en ese espacio jugaron
alegremente los niños durante toda la tarde. La fuente proveía el agua. El abuelo Julio contaba sus
aventuras a los nietos, con el bastón que había pertenecido a su padre y le servía de apoyo en esas
callecitas empinadas. La imagen de él frente a la iglesia es otro de los momentos que jamás se olvidarán.
La tarde llegaba a su fin y necesitaban encontrar alguna hostería para dormir. Les indicaron que más
arriba, en la montaña, había un albergue rural donde la dueña hablaba español fluidamente.
Fueron recibidos por la cálida hospitalidad de los Casaurang, propietarios de la hostería rural La Ferme
aux Sangliers (La Granja de los Jabalíes) que queda justo encima del pueblo, en el flanco de la montaña.
Hasta allí se sube por el camino que arranca desde el río Le Laboo, justo en el cruce con la ruta principal.
Al entrar en la casa, hubo un momento de reconocimiento mutuo. Ahí, de pie, estaba Bernard Delhay,
frente a Julio, que le dijo entusiasmado: —Sabía que volverías.
Se abrazaron largamente. Se puede creer que existen coincidencias afortunadas en la vida; esta fue una
de ellas. Bernard, que había recogido a Julio durante su primer viaje en 1993, en su camino de regreso
desde Issor a Oloron Sainte-Marie, era el compañero de Françoise Casaurang, la dueña del albergue
rural. La fuerza del destino volvía a guiarlos de manera insospechada para suscitar este encuentro.
Durante los días que pasaron en esta hermosa casa bearnesa hubo un mayor acercamiento hacia las
costumbres del Bèarn. Rose vivía en una casa contigua, a la que se accedía por un pequeño sendero
bordeado de arbustos de flores aromáticas. Era la madre de Françoise y tenía una memoria prodigiosa.
Su presencia era diáfana, como las mismas flores del valle, y compartía maravillosas historias, revelando
que existían conexiones profundas entre los linajes de ambas familias. Este fue otro descubrimiento
afortunado y conectaba a todos los presentes con nuestras raíces. Rose contaba historias para que los
demás no olviden. Ella mantenía vivos los recuerdos, conservaba el anhelo del pasado y lo transmitía
con una sonrisa:
—La memoria es como la ropa, se descose —decía— Por eso tienes que escribirla.
Ubicada en lo alto de la montaña, era maravilloso despertar en la casa con la bruma de la mañana
y asomarse desde ese balcón para ver la extensión del paisaje y la silueta de Issor a lo lejos, que
se reconocía por la aguja de la iglesia sobre el pequeño caserío. Los paseos que realizaban las dos
hermanas, Magdalena y Marigela, despertaban en los demás el interés por explorar otros lugares secretos
de los Pirineos. A cada giro del sendero, se abrían nuevas vistas que apuntaba hacia los distintos picos
recortados contra el cielo. Así localizaron el Anie, que era el más alto, con su cima perfecta, piramidal
y mucho más cerca estaba el Col de Napatch, que enfrenta al pueblo y su ancha ladera parece sostener
el valle. En esta región, las colinas redondas se suceden unas a otras y están cubiertas de un fino manto
de prados verdes. Recordaron que de esas mismas colinas se había tomado el apellido (“Puey”: colina;
“redon”: redonda) e hicieron bromas acerca de otros accidentes geográficos que podrían haber servido
de inspiración, pero no cabía duda, pertenecían a ese lugar.
Françoise, la dueña de la Ferme, se levantaba antes del alba para atender y alimentar a los animales,
que permanecían resguardados en los establos. Con el buen tiempo, los animales de granja se crían
al aire libre, pero en épocas frías se protegen celosamente. Desde temprano, se podía desayunar en el
comedor con productos frescos, mermeladas y zumos recién exprimidos. La mayoría de lo que se comía
en la casa era de elaboración casera, para delicia de todos y particularmente, de la abuela Isabel, que
disfrutaba con cada detalle. Desde los ingredientes del paté de jabalí, cuya receta, en nuestra familia,
era un secreto muy bien guardado, hasta las omelettes para los niños, la garboure, una suculenta sopa y
la famosa cassoulet, que es un auténtico guiso de pato, alubias del Béarn, carne y salchichas de cerdo de
granja y verduras. Por supuesto, nunca faltaba la gran ensalada bearnesa, fresca y ligera para ayudar a la
digestión, puesto que se come al final. Era un placer reunir a toda la familia alrededor de la gran mesa
de madera y compartir platos que requieren el amor del fuego, la tradición y el buen hacer de las manos
que conocen las verduras de la huerta y los productos de la granja.
Otra costumbre apasionante era sentarse al caer la tarde y, luego de una buena cena, asistir a esos
momentos que alternaban el silencio de los pensamientos con la buena conversación, regados por el
mejor Armagnac, mientras los leños ardían en la gran chimenea. El humor de Françoise y la agilidad
intelectual de Bernard, junto con las anécdotas imperdibles que relataban Julio e Isabel, lograban que
no quisieras irte a dormir hasta que el fuego se consumiera. Así fue cómo surgió la conversación acerca
de algunas construcciones en piedra que pertenecían a la antigua Ferme de Pueyrredon en unas tierras
más abajo.
Françoise y Bernard guiaron a la familia hacia el lugar donde estaba la casa ancestral de Jean-Martin.
El camino estaba flanqueado por el río Lourdios, cuyas aguas brillaban bajo el sol y podía verse su
fondo pedregoso. Se debía atravesar un pequeño puente para llegar. En un terreno, cuya vegetación
era abundante, se levantaban unos grandes establos de piedra, recios y, aunque amenazados por el paso
del tiempo, permanecían aún en pie. En ese momento, hubo una conexión inmediata con esas piedras
grises y gastadas. Al tocarlas, se despertaba un sentimiento de respeto y gratitud por quienes trabajaron
y vivieron en estas tierras. Eran dos construcciones rústicas, muy altas, unidas en ele, que formaban
un espacio central, similar a un patio, donde se llegaba en primer término. Era probable que sirvieran
para almacenar grano, heno y herramientas de trabajo. En lugares así se refugiaban y alimentaban los
rebaños en invierno. El techo era de tejas de pizarra, grandes y rectangulares, con una pronunciada
inclinación y un saliente ligero sobre el muro. Tenían, también, algunos restos de grandes portones
y ventanas de madera. Los niños, que son libres, entraron enseguida y comenzaron a investigar los
espacios, sorprendidos por el descubrimiento de un lugar que todavía no tenía definición para ellos.
—¡Aquí hay otra ventana! —decían, y recogían palos y semillas del suelo, jugaron en el patio y tal vez
sus voces despertaron otras que aún resonaban en las piedras. Julio Carlos, profundamente conectado con
su legado familiar, conversó con Françoise y Bernard sobre la importancia de preservar este patrimonio
histórico para las generaciones futuras.
Podían imaginar a sus antepasados trabajando en los valles, a los niños corriendo y jugando, y a las
familias reunidas alrededor de una mesa en las noches frías, al calor de la chimenea. Esta conexión
tangible con el pasado les hizo reflexionar sobre su propia vida y su lugar en la larga cadena de la
historia familiar. La presencia del imponente paisaje pirenaico les trajo una paz introspectiva que
quedaba enraizada en la determinación para honrar la memoria de resistencia y fortaleza que estos
antiguos muros encarnaban. Para ellos, este viaje había sido también una oportunidad para consolidar
los lazos que existen entre las generaciones presentes y tenían la plena conciencia de que todos los
momentos compartidos resonarían en el futuro porque, en este lugar del Béarn, Issor siempre les espera
con los brazos abiertos.
AMANECER EN CADAQUÉS
Preludio de una aventura ancestral en nuestro descubrimiento de Issor
Por Marcos Pueyrredon
Iniciamos nuestro viaje hacia los orígenes de la familia Pueyrredon, adentrándonos en el corazón de un
pueblo con una historia profunda, ubicado en los Bajos Pirineos. Este pueblo, Issor, con una modesta
población de doscientos cuarenta habitantes, se encuentra en la tradicional e histórica región de Béarn
en Francia y, según nos comparte nuestro “oráculo”, la historia familiar en Issor se remonta por lo
menos a casi cinco siglos, son cuatrocientos setenta y cinco años, con respaldo en actas protocolares
Augerot de Poeyrredon y su mujer Catalina, que eran dueños de la casa que lleva su nombre en 1548;
Guilhamot de Poeyrredon en 1553 y 1558 y Peyroton de Poeyrredon en 1594.
Nuestra odisea comenzó desde el pintoresco y místico pueblo de pescadores de Cadaqués, en el norte
de Cataluña, reconocido por inspirar a numerosos intelectuales y pintores como Dalí, García Lorca,
Picasso, Miró, Richard Hamilton, Max Ernst y René Magritte. Quizás esto fue un preludio al mágico
viaje que nos esperaba, rebosante de energía positiva y esclarecimiento.
Como parte de los preparativos para nuestro emocionante viaje, tuvimos la oportunidad de sumergirnos
en las festividades del Carnestoltes o Carnaval, en catalán, en el idílico pueblo de pescadores de
Cadaqués. Esta experiencia fue el prólogo perfecto, llenándonos de una energía vibrante y un espíritu
de celebración que sólo se puede encontrar en tales festividades, donde la comunidad se une en un
despliegue de color, música y alegría.
En la búsqueda de momentos de calma antes de emprender nuestro viaje a los orígenes del apellido
Pueyrredon, visitamos el faro de Cala Nans. Este faro, situado en un punto estratégico, nos ofreció
la oportunidad de descubrir la orilla meridional de la bahía de Cadaqués. A diferencia de la orilla
septentrional o la zona más conocida de Portlligat, esta área se presenta como un santuario de tranquilidad
y belleza virgen, un contraste bienvenido al bullicio festivo del Carnestoltes.
La ruta hacia el faro nos adentró en el paisaje rocoso característico del Cabo de Creus, donde cada curva
del camino revelaba vistas cada vez más impresionantes. Fue aquí donde descubrimos Sa Sabolla, una
playa escondida que parecía un tesoro guardado, su belleza prístina y su serenidad nos ofrecieron un
momento de reflexión y conexión con la naturaleza que rodea Cadaqués.
Desde la punta de Cala Nans, las vistas de la bahía de Cadaqués eran simplemente espectaculares. La
perspectiva desde este punto, cerrando la bahía por el sur, nos permitió apreciar la magnificencia del
paisaje, donde el azul del mar se fusiona con el cielo en un horizonte que parece infinito. Este momento,
en el que la naturaleza exhibe su grandiosidad, nos llenó de una inspiración profunda y renovada, un
recordatorio de la belleza que este mundo tiene para ofrecer.
Nuestra estancia en el Rec de Palau, un nido-hotel que combina la comodidad con vistas espectaculares,
complementó perfectamente nuestra experiencia en Cadaqués. La tranquilidad y la belleza del lugar,
junto con la hospitalidad cálida y acogedora, nos prepararon mental y espiritualmente para el viaje que
teníamos por delante.
Estas experiencias en Cadaqués, desde la alegría del Carnestoltes hasta la serenidad del faro de Cala
Nans y la playa de Sa Sabolla, sumadas a la paz que encontramos en el Rec de Palau, nos llenaron de
inspiración para continuar nuestra odisea a los orígenes del apellido Pueyrredon. Nos recordaron la
importancia de conectar con nuestras raíces, con la historia y con la belleza del mundo que nos rodea,
elementos esenciales para comprender quiénes somos y de dónde venimos. Con el corazón lleno de
estas vivencias, partimos hacia Issor, listos para descubrir los lazos que nos unen a nuestro pasado y
forjar recuerdos que se añadirán al tejido de nuestra historia familiar.
La Fuente de Issor. © M.P
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Tras las huellas de los Pueyrredon
En ruta hacia Issor, nos sumergimos en la región de Aquitania, haciendo una parada nocturna en
la magnífica ciudad medieval de Carcassonne. Esta ciudad parecía estar congelada en el tiempo,
preservando su grandioso pasado arraigado en los orígenes de Francia, repleto de relatos de reyes,
condes y hazañas medievales
Desde Carcassonne, nuestro viaje nos llevó a Pau, donde nos sumergimos en el impresionante paisaje de
los Pirineos, recordándonos la serie animada “Heidi” de nuestra infancia. Fue aquí donde comenzamos
a vivir nuestro viaje al pasado, trazando nuestros orígenes hacia el mítico Issor, la terre de nos ancêtres
(la tierra de nuestros ancestros) de nuestro tatarabuelo, Jean Martin de Poirredon y de la Broucherie,
Labroucherie o Labroucherie.
Él fue el fundador del apellido Pueyrredon en la Argentina y como lo afirmó Oliver Baulny, el reconocido
historiador local en 1966, en la emigración de bearneses hacia el país del Plata a partir de la segunda
mitad del siglo XIX, sin duda el ejemplo más destacado es el del Juan Martín de Pueyrredon que partió
de Issor, cien años antes.
En el alba del 26 de octubre de 1738, en las entrañas de Issor, un vástago de Jean Pierre de Pueyrredon
y Marie de Labroucherie vio la primera luz. Inscripto en los anales de la parroquia de San Juan, se le
reconocía como el cuarto brote de una estirpe de cinco, precedido por Diego (llamado Jacques), nacido
en 1728; luego Pierre, del año 1730 y María, cuyo nacimiento en 1735 la condujo al altar de dicho
pueblo el catorce de febrero de 1757, uniendo su destino al de su primo Jean de Lexartigaut. Juan Martín
emergió después, seguido por Juana, quien, llegada el quince de agosto de 1740, apenas rozó la vida
hasta el diecisiete de febrero del año venidero.
Nuestro “oráculo” nos comparte para complementar estas pinceladas de historia familiar que su padre,
Jean Pierre de Poeiredon, nació alrededor de 1692 en Issor, donde se casó en 1730 con María de
Labroucherie, hija de una familia vecina de la misma localidad. Usó su primer nombre durante mucho
tiempo, de acuerdo a los documentos consultados; pero en el acta de defunción se da cuenta de la muerte
de Pierre.
Bajo la égida de la esperanza, con quince años abrazó el horizonte hacia Cádiz, allí, en el crisol de un
emporio comercial, se empapó del saber hacer en el arte de la negociación. Este desplazamiento no
obedecía a la asfixia económica que azota a muchos, pues los bearneses no conocían tal desdén, sino
que buscaba en el horizonte la promesa de un porvenir holgado. Tras un retorno a Issor para ser testigo
del enlace de su hermana y con su destino, ya en caricia con la prosperidad, zarpó de nuevo hacia Cádiz,
acompañado esta vez de su hermano Diego o “Jacques”, como acostumbraban llamarlo. Juntos, en el
emprendimiento del corretaje y la exportación, forjaron un legado de capital que el tiempo se encargaría
de cincelar en oro.
Corría el final de 1763 cuando la Casa de Contratación bendijo la travesía del Nuestra Señora de los
Ángeles, también conocido como “Príncipe de San Lorenzo”, bajo la batuta de Fernando Cortés. A
principios de 1764, con un capital incipiente, Juan Martín desembarcó en Buenos Aires, abrazando el rol
de corresponsal de la aventura comercial comenzada en Cádiz. Su llegada coincidió con la gobernanza
de Pedro de Cevallos, quien recientemente había repelido a los portugueses de Colonia del Sacramento.
A pesar de las estratagemas del comercio limeño por asfixiar el florecer económico del Plata, su labor
no solo superó las adversidades sino que también cosechó el respeto de comerciantes y trabajadores de
otros gremios.
Baulny rememora, entre los bearneses que desde entonces se arraigaron en el Virreinato, ninguno logró
eco comparable al suyo, eclipsando incluso al del primogénito. Su legado y el de sus descendientes
se despliegan como un lienzo en el archivo digital pueyrredon.com invitando a sumergirse en la
profundidad de su historia.
Tomémonos un momento para hablar sobre Issor (Issòr en occitano, Izorra en euskera), un pueblo
vasco francés que parece haberse detenido en el tiempo dentro de la comuna francesa, en la provincia
y antiguo vizcondado de Béarn, en la región de Aquitania, ahora parte del departamento de Pirineos
Atlánticos, distrito de Oloron-Sainte-Marie y el cantón de Aramits.
Esta exploración no es solo un viaje a través de paisajes pintorescos, sino una profunda peregrinación
hacia los orígenes de un linaje familiar, descubriendo sucesivas capas de historia, cultura e identidad
personal. Issor, con su encanto perdurable y profundas raíces históricas, ofrece una visión única del
pasado, permitiéndonos conectar con la herencia ancestral de la familia Pueyrredon. Esta aventura en
la historia enriquece nuestra comprensión de los lazos familiares que nos vinculan con la narrativa más
amplia de la migración humana, el asentamiento y la formación de comunidades a través del mundo.
Retroceder en el tiempo en Issor nos recuerda la importancia de preservar tales sitios de herencia. No solo
ofrecen perspectivas de nuestro pasado colectivo, sino que también sirven como faros para que futuras
generaciones exploren y aprecien. La llegada a este icónico pueblo marca el inicio de una exploración
esclarecedora en el corazón de la historia familiar, contra el telón de fondo de los majestuosos Pirineos
y el rico tapiz de la historia regional francesa.
ENTRE PIEDRAS Y LEYENDAS
Primer encuentro con Issor
Por Marcos Pueyrredon
Continuamos nuestra bitácora con el segundo capítulo de nuestro viaje a los orígenes de la familia
Pueyrredon en Issor, un pueblo con una historia profundamente arraigada en los bajos Pirineos, ubicado
en la tradicional e histórica región de Béarn en Francia. Este capítulo narra nuestra emocionante llegada
y las primeras impresiones de este lugar ancestral.
Nuestro periplo hacia Issor, un enclave rebosante de historia y tradición en los bajos Pirineos, comienza
realmente al dejar atrás la ciudad de Pau, donde cada rincón parece susurrar historias del pasado. La ruta
desde Pau hasta Issor es un viaje a través del tiempo, donde cada kilómetro recorrido nos acerca más a
la comprensión de nuestra herencia y a la tierra que una vez caminaron nuestros antepasados.
Llegamos a Issor a través de la encantadora ciudad de Pau, situada en el corazón de Béarn, de la cual
fue capital desde 1464. La Gave de Pau (río de Pau) fluye al sur de la comuna, y Alphonse de Lamartine
alguna vez dijo de Pau que tiene la vista más hermosa del mundo de la tierra, así como Nápoles tiene la
más hermosa vista del mar. Fundada en la Edad Media para controlar un vado del río, Pau se convirtió
en un punto estratégico para los pastores en su práctica de la trashumancia entre los Pirineos y la llanura.
La historia de Pau está intrínsecamente ligada a la del reino de Navarra, uniéndose a él a través de
uniones dinásticas en el siglo XV. La ciudad se convirtió en refugio de la corte navarra tras la conquista
de la parte sur de Navarra por Fernando el Católico en 1512, y posteriormente en capital del reino. La
adopción del calvinismo como religión oficial del reino de Navarra por la reina Juana III marcó a Pau
como un escenario clave en las guerras de religión en Francia.
Siguiendo la recomendación de nuestro amigo Ronan Bardet, bearnés y nacido en esta muy linda ciudad,
exploramos Pau y sus alrededores, disfrutando de paisajes que parecían sacados de un cuadro. Un
picnic con vista a un viñedo tradicional bearnés fue uno de los momentos destacados antes de continuar
hacia los pintorescos pueblos de Oloron-Sainte-Marie, Gurmençon y Asasp, cada uno con su encanto y
historia que se remonta al siglo XIII.
Al adentrarnos en el corazón de Aquitania, Teresa, yo (Marcos), y nuestro corcel blanco Arkana, un
digno espécimen de alta gama de la histórica raza bien francesa Renault, nos vimos inmersos en una
región resonante con ecos de valentía y hermandad que evocan la épica historia de los tres mosqueteros:
Isaac de Porthau (Porthos), Henri d’Aramitz (Aramis), y Armand Athos. Nuestra travesía por el valle
de Baretous, una tierra rica en historia y belleza natural, nos llevó a explorar la esencia misma de estas
leyendas vivientes, cuyas aventuras han sido inmortalizadas por Alejandro Dumas.
Este valle, parte del antiguo vizcondado de Béarn con la ciudad de Pau como su capital, ha sido testigo de
innumerables historias desde la Alta Edad Media. La autonomía de Béarn perduró hasta la Revolución
Francesa, cuando se integró en el departamento de los Pirineos Atlánticos. Es en este contexto histórico
y geográfico donde nacen las historias de los verdaderos mosqueteros de la Guardia, en los que Dumas
se inspiró y cuya presencia aún se siente en la región.
La frase Todos para uno y uno para todos, emblemática de los tres mosqueteros, resuena en nuestra
propia aventura. Este lema, que simboliza la lealtad, el compañerismo y el sacrificio por un bien mayor,
nos inspira a vivir cada momento de nuestro viaje con un sentido de unidad y propósito compartido.
Al igual que los mosqueteros, nos enfrentamos a cada desafío con valentía, sabiendo que juntos somos
más fuertes.
La historia de estos personajes no solo ha dejado una huella indeleble en la literatura, sino que también ha
influido profundamente en la cultura de la región. La conexión entre el paisaje, la historia y las leyendas
de los mosqueteros añade una capa de profundidad a nuestra experiencia en Aquitania, permitiéndonos
apreciar la región no solo por su belleza natural, sino también por su rico patrimonio cultural.
Estas historias de mosqueteros con profundos valores y extrema valentía nos hace recordar la trama que
tejió don Juan Martín en estas fértiles tierras, su estirpe, cual espejo de los ideales de su era, resplandeció
por la cohesión y calidez de sus lazos. La epístola entre Juan Martín (h) y sus consanguíneos nos
descorre el velo a este enclave de intimidad fraternal.
Feliciano, el primogénito y clérigo en Baradero, le obsequió un corcel, un acto que Juan Martín
correspondió con gratitud, enviándole a su vez mercancías que allí escaseaban, un intercambio que
revela la reciprocidad y cariño que mediaba entre ellos. Las misivas destilan una calidez familiar
palpable, como cuando Juan Martín expresa: no extraño tus cuidados de nuestra salud, porque conozco
tus extremos de cariño, testimoniando la profundidad de su relación fraternal.
La Fuente de Issor. © M.P
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Tras las huellas de los Pueyrredon
Con Diego, su compañero en la aventura inicial a Cádiz, la comunicación se entrelazaba con recuerdos
familiares y novedades del tío Diego, cuyo retorno a Issor tras la expulsión de los franceses de España
era narrado con orgullo. Incluso en los detalles más mundanos, como el comentario sobre la tía cada vez
más fea, pero buena señora y sus hijas muy buenas mozas, se refleja el espíritu de una familia unida en
la diversidad de sus caracteres y destinos.
La captura de Juan Martín en Montevideo por el gobernador Elío movilizó a la familia en su defensa.
Anselmo Sáenz Valiente, esposo de su hermana Juana, no dudó en abogar por él, apelando a la justicia
y la clemencia, reflejando cómo los lazos familiares se fortalecen en la adversidad.
A José Cipriano, Juan Martín le brindó consejos para evitar las ataduras de la vida rural, evidenciando
una preocupación paternal por su bienestar y libertad futura. Durante el confinamiento en San Luis, fue
José quien permaneció fiel a su lado, demostrando que el soporte familiar no conoce de barreras.
Su vínculo con Magdalena se ilumina a través de sus palabras sobre el viaje a España junto a su esposo
Juan Bautista de Ituarte: el principal asunto de nuestras conversaciones y más de una vez las lágrimas
de tu enamorado enternecieron mi corazón, una frase que destila el afecto y comprensión mutua que
los unía.
Juan Andrés, a quien inicialmente criticó por su vida disipada, escuchó y transformó su conducta.
Juan Martín le alentó a trabajar con desahogo en el seno de tu familia, donde tu buena conducta te
proporcionará los mayores adelantos, palabras que subrayan la fe en la redención y el progreso personal.
A Isabel, la benjamina y precozmente huérfana de padre, Juan Martín le prodigó protección y afecto,
enviándole líneas teñidas de cariño y humor para compartir noticias de su matrimonio, y cuidó hasta de
los detalles, como la confección de una mantilla en España, evidenciando una delicadeza y un cariño
que trascienden lo cotidiano.
Esta saga familiar, encapsulada en el lema Todos para uno y uno para todos, es un testimonio vibrante
de una familia no solo unida por la sangre sino por un incondicional soporte mutuo, un afecto que se
desborda y una voluntad férrea para enfrentar juntos cada desafío. Cada anécdota, cada gesto de apoyo
y cada palabra de consejo destilada en estas líneas, dibuja el retrato de una familia donde el amor, el
respeto y la solidaridad se entrelazan para formar un tejido robusto, capaz de soportar las vicisitudes del
destino y del tiempo. Juan Martín y sus hermanos, a través de sus vidas entrelazadas, nos ofrecen una
lección intemporal sobre el valor de la familia como refugio, guía y fuente de fuerza inagotable, incluso
en los momentos más inciertos.
Mientras recorremos los caminos que alguna vez pudieron haber sido transitados por los verdaderos
mosqueteros y los primeros Poeyrredon, nuestra propia narrativa se entrelaza con la de ellos. En cada
valle, en cada río y en cada colina, encontramos historias de coraje, amistad y aventuras que trascienden
el tiempo. El apoyo mutuo en tiempos de adversidad es un recordatorio de que, sin importar los desafíos
que enfrentemos, la fuerza reside en la unidad y solidaridad entre compañeros.
Así, nuestro segundo día en Issor se convierte en un homenaje a la valentía, la lealtad y el espíritu
inquebrantable de aquellos que, con su vida y sus hazañas, nos enseñan el verdadero significado de la
amistad y el sacrificio. Con cada paso que damos, con cada historia que descubrimos, nos acercamos
más no solo a los orígenes de los Pueyrredon, sino también al corazón de las leyendas que han dado
forma al espíritu de esta región.
Mientras Arkana, nuestro veloz corcel, nos conducía a través del valle de Baretous, extendido
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Diario de viaje
placenteramente entre colinas que se alzan dos mil metros por debajo del pico de Anie, Teresa me
planteó una pregunta que resonó profundamente con nuestra herencia y la esencia de nuestro viaje. Se
interesó por el significado del apellido Pueyrredon, recordando que Julio “Papaíto” Pueyrredon le había
mostrado el escudo de armas de nuestra familia, explicándole que significaba “colina redonda” y cómo
el paisaje que nos rodeaba le recordaba mucho a esa historia. Ella estaba curiosa por saber más, por
entender cómo el entorno y nuestra denominación estaban entrelazados.
Le confirmé que tenía razón, señalando las colinas redondas que adornan todo el recorrido, un testimonio
vivo de la procedencia de nuestro apellido. Este momento se convirtió en una puerta hacia el pasado
y comencé a rememorar las historias que nos han sido transmitidas generación tras generación, casi
como si estuvieran genéticamente embebidas en nosotros, los Pueyrredon. Recordé especialmente las
reuniones familiares en Córdoba, donde mi abuelo Julio y mi tío Raul, uno de los grandes cuidadores de
la historia de la historia de los Pueyrredon junto con mi Papaíto nos compartían el origen y el significado
de nuestra familia. Sus relatos siempre concluían con una frase que ha marcado a cada uno de nosotros
profundamente: Hay personas que nacen con el apellido y otras que hacen el apellido; ustedes tienen
que decidir cómo quieren ser recordados.
Expliqué a Teresa que etimológicamente, Pueyrredon proviene del latín podium rotundum, donde “puy”
o “puey” (un vocablo patrimonial cognado del cultismo “podio”) significa “montaña” o “colina”, y
“redon” es una forma apocopada de “redondo”; es decir, Pueyrredon significa “colina redonda”. Este
apellido de origen francés, en su castellanización del antiguo patronímico francés Puy Redon, refleja
precisamente eso: ‘pequeña colina redonda’.
Las armas parlantes de nuestro linaje son un testimonio de esta herencia, remontándose al año 1337
cuando nos fuera otorgado nuestro escudo de armas y títulos feudales en los bajos pirineos franceses
por otro lado en una ejecutoria dada en la Villa de Madrid el cuatro de agosto de 1807 por el Rey de
Armas, Antonio Zazo y Ortega, a favor de Juan Martín de Pueirredon y O’Dogan, presenta un escudo
cuyas armas son las propias que corresponden al linaje del interesado: En campo de oro una colina de
sinople superada en jefe de una flor de lis de azur.
Nuevamente aquí aparece nuestro oráculo de los Pueyrredon y nos trae a colación que Don Juan Martín,
en 1771 era propietario, casado, con hijos, oficio, capital y servía en las milicias urbanas, y comenzó
las gestiones para obtener la mayor ambición de los extranjeros la carta de naturaleza. Además las
referencias de prominentes vecinos eran inmejorables, eran el comandante don Domingo Antonio de
Lajarrota y don Domingo Pérez, que en realidad era Domingo Belgrano Pérez, el padre del general que
la había obtenido en 1769. Por escollos burocráticos le fue negada, aunque en atención a los méritos
Carlos III le permitió vivir en aquellos dominios, sin embargo de las órdenes expresas y cédulas
expedidas para la expulsión de extranjeros.
Diez años más tarde comenzó de nuevo las gestiones para obtener la carta de naturaleza. La misma
burocracia, testimonios, testigos, papeles e idas y venidas, finalizaron el 15 de setiembre de 1784
cuando, recordando las antiguas presentaciones Carlos III porque concurrían en la persona de Juan
Martín de Pueyrredon, las circunstancias prevenidas para obtenerla, le concedió la gracia.
Le sugerí a Teresa que buscara en el archivo digital disponible en línea en www.pueyrredon.com, donde
podría encontrar los escudos y específicamente ver la versión pintada por Prilidiano Pueyrredon, hijo
del prócer y nieto de los mencionados anteriormente. Este detalle añade otra capa de profundidad a
nuestra comprensión del legado familiar, vinculando no sólo nuestra herencia a través de los siglos sino
también resaltando la contribución artística y personal de Prilidiano al patrimonio de los Pueyrredon.
La Fuente de Issor. © M.P
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Tras las huellas de los Pueyrredon
En el escudo que compartimos a continuación, además de los dos apellidos cuyas armas se representan
en el partido, se observa en la parte inferior la firma PPP. Esta firma, que Prilidiano solía utilizar en sus
obras, es interpretada por algunos como Prilidiano Pueyrredon Pinxit, indicando su autoría de la pieza.
Según nuestro oráculo, algunos afirman que la P. era de Pablo o de Pedro, basándose en aquello que
decía Prilidiano a modo de trabalenguas: Yo me llamo Pedro Pablo Prilidiano Pueyrredon, pobre pintor
que pinta cuadros por pocos pesos.
Esta conexión entre el arte, la historia y nuestra familia no solo enriquece nuestra percepción de nuestro
apellido, sino que también nos proporciona un vínculo tangible con nuestro pasado cultural y artístico.
El escudo se divide en dos campos o partido: el primero, de Pueyrredon, muestra en un campo de oro
una colina de sinople, superada en jefe de una flor de lis de azur, simbolizando la “colina redonda” que
es central a nuestro apellido y su significado. El segundo, de Dogan, presenta de plata dos palos de
azur; y seis aspas de gules en los palos de plata, dos en cada uno, representando el linaje de Dogan y su
integración en nuestra historia familiar.
Este momento de investigación y descubrimiento, alentado por la curiosidad de Teresa y facilitado por
la tecnología que nos conecta con nuestro pasado, se convirtió en un puente entre generaciones. Nos
permitió no sólo visualizar sino también apreciar la riqueza de nuestra herencia, marcada por la valentía,
el arte y la profundidad de los valores que han sido transmitidos a través de los siglos.
Regresemos a la época en la que don Juan Martín comenzó a inscribir su legado en la hospitalaria
Buenos Aires. Fue en este escenario donde su destino se entrelazó con el de la familia Dogan, y
específicamente con Rita Damasia, una joven de veinte años, que pronto se convertiría en su prometida.
Esta alianza fue testimoniada por Saturnino Álvarez y Manuel de Zelada, sus compañeros de viaje, y
Juan de Echandía, quien había compartido vecindario con él en Sanlúcar de Barrameda. Echandía, en
un documento singular, aseguró conocerlo ha más tiempo de dos años, sin que haya salido de Buenos
Aires, y saben que es soltero, por habérselo oído decir así a los que con él vinieron de Europa, siendo
de todos ellos conocido generalmente por tal, e ignora tenga contraída alguna obligación matrimonial
más de la que ha tratado con doña Rita Dogan.
La boda se celebró el 22 de junio de 1766 en la iglesia de la Merced, uniendo en matrimonio a don Juan
Martín con Rita Damasia Dogan. Esta unión, más allá de los lazos afectivos, representó una alianza
estratégica de gran valor para don Juan Martín, quien, de ser prácticamente un extranjero en tierras
argentinas, pasó a relacionarse por matrimonio con una joven vinculada a las familias fundadoras de la
sociedad local. El padre de Rita, un comerciante de renombre, veía en este enlace la oportunidad de unir
a su hija con un hombre de esfuerzo reconocido, que prometía continuar y expandir el legado comercial
familiar. Los Dogan, oriundos de Irlanda, habían llegado a estas tierras medio siglo antes, buscando
nuevas oportunidades y horizontes.
No obstante, Juan Martín de Pueyrredon no fue el único bearnés en encontrar un nuevo comienzo en
Buenos Aires. Las familias Lasalle, transformadas en los Lasala desde 1760, los Terrada que llegaron
en 1768, la de un guardia de corps de apellido Capdepont, los Baqué, los Safores, y la de André Larricq
de Issor, quien desembarcó en 1768, posiblemente motivado por don Juan Martín, se sumaron a esta
vibrante comunidad. Larricq, que al casarse con una miembro de la familia Dogan, no solo se convirtió
en concuñado de Juan Martín, sino también en un amigo y confidente invaluable. Este “tío” Andrés,
figura emblemática dentro del círculo familiar, se mantuvo siempre cerca, brindando su apoyo y consejo
a la familia y sus sobrinos, a pesar de no tener descendencia propia.
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La historia de don Juan Martín no es simplemente la crónica de un hombre y su ascenso, es el relato
de cómo las conexiones familiares, las alianzas matrimoniales y la red de amistades jugaron roles
cruciales en el desarrollo y prosperidad de una comunidad emergente. A través de estas relaciones, se
tejieron vínculos que trascendieron lo personal para moldear el destino de una sociedad. La unión con
los Dogan es solo un ejemplo de cómo las estrategias matrimoniales podían servir no solamente para
afianzar posiciones sociales, sino también para cimentar alianzas comerciales y políticas que serían
fundamentales para el crecimiento y estabilidad del Virreinato. Este entramado de relaciones familiares,
amistades y alianzas comerciales, enmarcado por las actuaciones de los protagonistas de la época, ofrece
una ventana única a la complejidad de la vida social y económica de Buenos Aires en el siglo XVIII.
La narrativa de Juan Martín de Pueyrredon y su entorno familiar, enriquecida por los detalles personales
y los testimonios directos de quienes los rodeaban, nos permite apreciar la textura de una época donde
la lealtad, la fraternidad, la libertad, la igualdad y la solidaridad marcaban una gran diferencia.
Mientras Arkana nos llevaba suavemente a través del valle de Baretous camino a Issor, reflexionamos
sobre cómo cada elemento de nuestro escudo de armas y cada historia compartida nos une más
estrechamente a nuestras raíces. Este viaje a través de la historia y el arte de nuestra familia, enriquecido
por el paisaje que nos rodeaba y las historias de nuestros antepasados, no solo reforzó nuestra conexión
con el apellido Pueyrredon, sino que también nos inspiró a continuar construyendo nuestro legado con
la misma dedicación y pasión que aquellos que vinieron antes que nosotros.
Estas reflexiones junto a Teresa fueron un momento para compartir la rica historia de nuestro apellido,
y también para reflexionar sobre la conexión intrínseca entre nuestra familia, el paisaje que nos rodea,
y cómo ambos han moldeado nuestra identidad y valores. A medida que Arkana nos llevaba a través de
este paisaje histórico, no solo estábamos recorriendo físicamente el valle de Baretous, sino que también
estábamos navegando por las corrientes de nuestra historia familiar, reconectando con nuestras raíces y
reafirmando el legado que deseamos perpetuar.
Antes de llegar a Issor, pasamos por Oloron-Sainte-Marie, un pueblo que es un testimonio viviente de
la rica historia medieval de Francia. Fue sede de la diócesis, hoy trasladada a Bayona, aunque perduran
en su denominación los nombres de Lescar y Oloron, la otrora Catedral de Santa María, con sus raíces
en el siglo XI y su mezcla de arquitectura románica y gótica, que sirve como un recordatorio de la
importancia de esta región en la trama de la historia francesa y europea. La visita a Oloron-Sainte-Marie
no solo es un viaje a través de la arquitectura y la historia, sino también una oportunidad para sentir la
conexión con el pasado, imaginando a los peregrinos y comerciantes que una vez poblaron sus calles.
Continuando nuestro viaje, Gurmençon y Asasp nos presentan con su encanto rústico y su atmósfera
de tranquilidad, casi como si estos pueblos hubieran sido preservados en ámbar desde el siglo XIII. La
calma de estos lugares contrasta con la bulliciosa historia del Béarn, ofreciendo un refugio para aquellos
que buscan un momento de paz y reflexión.
Al final del día, la llegada a Issor marca el culmen de nuestra búsqueda. El pueblo se presenta ante
nosotros, anidado en el valle, con una dignidad silenciosa que habla de su larga y rica historia. Nos
recibe con una atmósfera de calidez y familiaridad, como si el pueblo mismo nos reconociera como
descendientes de aquellos que una vez lo llamaron hogar.
La Ferme aux Sangliers, nuestro refugio en Issor, es una granja que encapsula la belleza y el espíritu del
paisaje pirenaico. Gestionada por nuestra prima, Françoise Cazaurang y Bernard Delhay, este lugar es
un testimonio del vínculo humano que existe con la tierra que se habita. La hospitalidad que nos ofrecen
va más allá del simple alojamiento; es una invitación a formar parte de la vida del pueblo, a compartir
en las tradiciones y en las historias que han tejido la identidad de Issor a lo largo de los siglos.
El banquete bearnés que nos esperaba era una celebración de la gastronomía local, con platos que hablan
de la relación de la gente con su entorno, nuestra primera cena en Issor se convirtió en un momento
emblemático de nuestra estancia, una verdadera inmersión en la cultura y las tradiciones locales. Este
festín, más que una simple comida, era una celebración de la gastronomía local, ofreciéndonos una
ventana al alma de la región a través de platos que destilaban la esencia de la relación de la gente con su
entorno. Desde el queso de los pastores de los Pirineos, cuyo sabor nos hablaba de los verdes pastos y
el aire puro de las montañas, hasta el vino que, con cada sorbo, nos contaba historias del carácter único
de esta tierra.
La mesa se adornaba con quesos de cabra que parecían fundirse en la boca, acompañados de un pan
casero que bien podría protagonizar cualquier película sobre la vida rural francesa, y un aceite de
oliva cuyo aroma y sabor nos transportaban a los campos soleados de olivos. Para complementar estos
manjares, decidimos aportar un toque de nuestra tierra, abriendo unos “tubos” de vino malbec argentino
Magnus, un regalo especial que llevamos de nuestro querido Michel Rolland de la bodega Clos de los
Siete. Este gesto no sólo simbolizaba la unión de dos culturas a través del vino, sino que también nos
permitía compartir una parte de nuestra identidad con nuestros anfitriones.
El nombre de la bodega, Clos de los Siete, resuena con un doble significado en este contexto. Refiriéndose
al espacio cerrado donde antiguamente se elaboraba el vino, nos recordaba a la sopa bearnesa que
disfrutábamos, una receta de origen rural típica de la región de Béarn, nacida como un guiso de habas
y verduras de temporada al que, con el tiempo, se le han ido agregando ingredientes cárnicos. La sopa
bearnesa, famosa a nivel regional, es protagonista de un campeonato anual en los Pirineos franceses,
donde se celebra su sabor y se corona la mejor versión de este plato.
La preparación de la sopa bearnesa, aunque sencilla, requiere paciencia y dedicación, al igual que el
tiempo necesario para apreciar plenamente las delicias y la compañía que compartíamos esa noche.
Ingredientes como las judías de Tarbes o el jamón de Bayona, y el confit de pato, aunque específicos
de la región, contribuían a crear un plato de profundos sabores y texturas, uniendo tradición y territorio
en cada bocado.
La bienvenida que nos brindaron Françoise y Bernard con estos “manjares bearneses” no fue solo un acto
de hospitalidad, sino un festín digno de los dioses, un regalo que nos permitió experimentar de primera
mano la riqueza culinaria y la calidez del espíritu bearnés. Esta cena sació nuestro apetito físico, y de
la misma manera alimentó nuestro espíritu, fortaleciendo el lazo con nuestras raíces y con esta tierra
a través del sabor, el aroma, y las historias compartidas alrededor de la mesa. En cada plato, en cada
sabor, se tejía la historia de un pueblo, su tierra y su gente, ofreciéndonos una experiencia gastronómica
que quedaría grabada en nuestra memoria, como un recuerdo imborrable de nuestro primer encuentro
con Issor.
La continuidad de esta experiencia culinaria nos lleva a recordar según nuestro “oráculo” a la figura
de Prilidiano Pueyrredon, quien, imbuido del espíritu gourmet heredado tanto de su padre como de sus
antepasados franceses, personifica la confluencia de tradición y refinamiento. Como bien narra Lozier
Almazán, Prilidiano tenía el especial gusto de comer las aves muertas de su mano y prefería una
gaviota volteada por su escopeta a la más rica de las aves de corral; tan cultivados tenía los placeres
del estómago, tan metodizada la sucesión de sus comidas para no fatigarse, que se puede afirmar que
los 365 días del año tenía una mesa distinta. Este testimonio subraya su pasión por la gastronomía
sino y el meticuloso cuidado con el que abordaba el arte de comer, convirtiendo cada comida en una
celebración única.
Su predilección por innovar en el paladar lo llevó a introducir delicadezas como los caracoles en su dieta,
enriqueciendo así el ya diverso panorama culinario de su hogar. Su quinta se convertía en escenario de
esta pasión, albergando un variado palomar, conejeras y un estanque lleno de peces que, seleccionados
con esmero, acababan convertidos en platos exquisitos. Estas prácticas nos hablan de un hombre cuyo
paladar fue finamente moldeado desde la niñez por su padre, quien le enseñó a apreciar la riqueza de
sabores y la importancia de un buen alimento.
Este legado gastronómico que Prilidiano heredó y enriqueció, resuena con la hospitalidad que Françoise
y Bernard nos extendieron, un eco del pasado que se hace presente en cada plato compartido. La cena
en Issor, más que una simple alimentación, se convirtió en un ritual que vincula el presente con el
pasado, uniendo a los comensales no solo a través de los sabores, sino también mediante las historias
y las tradiciones que esos sabores evocan. En este sentido, la experiencia de Prilidiano y su refinada
apreciación culinaria se entrelazan con nuestro encuentro inicial en Issor, mostrando cómo la comida
puede ser un vehículo poderoso de conexión con nuestras raíces y la historia familiar.
Así, la experiencia en Issor y la herencia de Prilidiano se fusionan en una narrativa compartida, donde
la comida se eleva de lo mundano a lo sublime, sirviendo como puente entre generaciones y culturas.
Nos recuerda que, más allá de nutrir el cuerpo, la comida nutre el alma, tejiendo lazos indelebles entre
quienes comparten la mesa, los recuerdos y, sobre todo, el corazón de una tradición que sigue viva
en cada bocado. En este cruce de caminos culinarios, Prilidiano emerge asimismo como gourmet, y
guardián de la memoria y el sabor, elementos que, aunados, configuran el rico mosaico de nuestra
herencia.
Sentados bajo el cielo estrellado, escuchando las anécdotas de nuestros primos sobre la historia de
nuestra familia y los personajes que han marcado la vida de Issor, sentimos una profunda conexión con
el pasado. Cada historia, cada risa compartida, nos acercaba más a entender quiénes somos y de dónde
venimos.
Nuestra llegada a Issor y el primer día en este lugar mágico fue una experiencia transformadora. Más
que un simple destino en nuestro viaje, Issor se reveló como un capítulo vivo de nuestra historia familiar,
un lugar donde el pasado y el presente se entrelazan para ofrecernos una visión más profunda de los
orígenes de nuestra historia y familia.
La Fuente de Issor. © M.P
DIÁLOGOS CON EL PASADO
Ecos y enseñanzas en Issor
Por Marcos Pueyrredon
En el segundo día de nuestra inmersión en Issor, la conexión con nuestras raíces se profundiza aún
más, ofreciéndonos experiencias que entrelazan el presente con el pasado de manera emotiva y a veces,
sorprendentemente divertida y se revela como una jornada repleta de descubrimientos, homenajes y
momentos inesperados que enriquecen nuestro viaje.
Al despertar en La Ferme aux Sangliers, la luz del amanecer filtrándose a través de los Pirineos nos
saluda, prometiendo un día lleno de descubrimientos y conexiones profundas.
Después de un desayuno preparado con los productos más frescos de la granja, nuestros primos nos
proponen un plan para el día que incluye un recorrido por Issor y sus alrededores, así como visitas a
lugares clave que han marcado la historia de nuestra familia y la región.
Durante la mañana del segundo día en Issor, apartamos un momento especial para rendir tributo al
paisaje que nos rodeaba, aprovechando esta pausa para compartir con Françoise y Bernard una parte
muy personal de mi historia y mis pasiones. Fue entonces cuando saqué a relucir mis cascos de Ayrton
Senna, un objeto que, más allá de su valor material, representa una fuente constante de inspiración para
mí, para mi empresa y para nuestro ecosistema digital. La figura de Senna, con su espíritu indomable
y su pasión por la excelencia, se ha convertido en un faro que guía nuestro camino y nuestros valores.
Debo admitir que la conversación fluyó con mayor facilidad gracias a Bernard, quien, como buen francés
y fanático de Alan Prost, compartía un profundo aprecio por el mundo de la Fórmula 1 y sus héroes.
Esta conexión común nos permitió explicar con mayor profundidad nuestra admiración por Senna y, al
mismo tiempo, brindarle a Françoise una visión más clara de esta pasión. Fue también una oportunidad
para recordarle a Teresa por qué somos tan fanáticos de íconos como Senna, y colocar a Alan Prost en
ese mismo podio de admiración, reconociendo la rivalidad histórica pero también el respeto mutuo entre
estos dos gigantes del automovilismo.
La charla se convirtió en una reflexión sobre cómo figuras como Senna trascienden el deporte,
convirtiéndose en símbolos de determinación, perseverancia y la búsqueda constante de superación.
Sus carreras, llenas de momentos de triunfo y adversidad, nos enseñan que la verdadera victoria se
encuentra en el coraje para enfrentar cada desafío, en la pasión que ponemos en cada acción y en la
capacidad de inspirar a otros a alcanzar sus propios sueños.
Para cerrar esta conversación y sellar esta “perlita” de la mañana con un mensaje que encapsula la
esencia de lo que Senna representa para nosotros, compartí con Françoise y Teresa una de sus frases más
icónicas: Lo más importante no es ganar, sino competir y luchar hasta el final. Es hacer lo imposible.
Porque casi es una manera de vivir. Esta cita de Ayrton Senna resonó en el aire, un eco de su legado que
sigue inspirándonos a perseguir la excelencia, a enfrentar cada vuelta de la vida con la misma pasión y
determinación que él mostró en cada carrera. Estas palabras también nos traen a la memoria la gran frase
que Julio “Papaíto” Pueyrredon repite en forma constante como alma mater y factotum de nuestra rama
familiar, refiriéndose a todos los Pueyrredon, somos ¡Vencedores de imposibles!
La mañana en Issor se desplegaba ante nosotros con la promesa de más descubrimientos y momentos
compartidos. Tras nuestra enriquecedora charla sobre Ayrton Senna y lo que él representa para nosotros,
decidimos continuar nuestro día con una caminata tranquila por la plaza principal del pueblo. El sol
matutino, con su cálido abrazo, iluminaba las antiguas piedras de las edificaciones, bañándolas en una
luz dorada que parecía infundir vida a las historias dormidas de Issor, despertando los ecos de un pasado
vibrante y lleno de vida.
Teresa, movida por la curiosidad y el asombro que este lugar inspira, me lanzó una pregunta tan peculiar
como encantadora: ¿Por qué los perros de Issor no ladran y son tan cariñosos con los desconocidos?
Su interrogante, inocente y profundo a la vez, reflejaba una observación sobre la armonía que se respira
en Issor, donde incluso los animales parecen compartir la cordialidad y el buen vivir de sus habitantes.
La respuesta me brotó con una mezcla de humor y verdad: Seguramente porque conocen a todos los
que viven aquí y son tan buenos anfitriones como cualquier buen bearnés, más aún si son de Issor. Esta
respuesta no solo buscaba explicar la amabilidad innata de los canes del lugar sino que, en un sentido
más amplio, resaltaba la esencia de la comunidad de Issor: un lugar donde la amabilidad, la acogida y
el sentido de pertenencia trascienden las barreras entre humanos y animales, creando un ambiente de
mutuo respeto y afecto.
Este entorno de camaradería y respeto mutuo, donde los lazos entre humanos y animales se entrelazan
con naturalidad, nuestro “oráculo” nos remite a la figura emblemática de Prilidiano Pueyrredon, quien,
dentro del ámbito familiar, demostró una profunda conexión con su perro setter, Stop. Este vínculo
trascendió lo cotidiano al punto de que Prilidiano lo inmortalizó en un autorretrato, cazando juntos
en la estancia de Pereyra Iraola, capturando tanto una imagen como la esencia de una amistad entre
especies. La relación entre Prilidiano y Stop, revelada a través de cartas dirigidas a Vicente Fidel López,
destaca la expresión de cariño hacia el canino y refleja un aspecto cultural y emocional compartido con
la comunidad de Issor.
En una misiva, Prilidiano comparte con López la llegada de Stop, un acontecimiento que para él
significaba más que la adquisición de un animal; era el inicio de una compañía y camaradería que
anticipaba grandes aventuras. Prilidiano escribe: Dios sea loado, al fin saldrán las chúcaras perdices
de estas disminuidas tierras… mañana voy sin falta a probarlo, y a probarme yo también. Este extracto
no solo habla de la expectativa de las jornadas de caza compartidas sino también del reconocimiento de
Stop como un igual en estos encuentros, subrayando la armonía entre el hombre y su entorno natural.
La correspondencia entre Prilidiano y López desvela esta relación simbiótica con Stop, marcada por
la enseñanza mutua y el descubrimiento conjunto. A través de sus palabras, Prilidiano revela cómo
Stop se convierte en parte integral de su vida, destacando su inteligencia y capacidad de adaptación.
Al decir: No me separo de él, duerme al lado de mi cama y me sigue como si yo lo hubiese criado,
Prilidiano expresa el vínculo afectivo con Stop que refleja los valores de convivencia y respeto mutuo
que caracterizan a la comunidad de Issor.
Nuestro “oráculo” nos compartió una de las cartas de Pueyrredon, para que podamos apreciar desde las
fuentes y para que estas líneas de recuerdo sean un humilde tributo a los amables perros de Issor:
Esta semana he tenido el bueno y esperado acontecimiento de la llegada del perro. Dios sea loado, al fin
saldrán las chúcaras perdices, de estas disminuidas tierras, quien es Callejas, y correrán como el rayo
la fama tanto del can del favorecido dueño; entre la volatilidad quien sabe hasta que tierras mañana
voy sin falta a probarlo, y a probarme yo también, con el sentimiento de no tener al Dr. López por
maestro. Pero paciencia y espera, que la unión que debe traernos tantos bienes, me traen también éste,
que será igual para el perro, porque así se verá menos oprimida su ciencia por mi crasa ignorancia.
Esto no me impide reconocer que Ud. es un hombre de palabra y un amigo que es preciso tener para
gozar de esta vida. Por consiguiente, no extrañará que le suba a las nubes mi agradecimiento, y el
sincero deseo que tengo de merecer la distinción que se ha dignado hacerme. Distribuya entretanto mis
respetos en su casa y memorias al amigo Dn. Vicentito.
60
Unos días después Prilidiano volvió a escribirle a López: Me impuso Ud. al mandarme el perro Stop, la
condición que le diera cuenta de su comportación [sic] las primeras veces que saliera con él a cazar.
Voy a desempeñarla con el mayor gusto le aseguro.
Ayer en un día con un calor sofocante, lo llevé a la chacra y lo conduje al campo. Empecé a cazar en
un alfalfar de don Domingo Rodríguez, a eso de las nueve, pero todavía había mucho rocío y no había
perdices; debían estar en el monte adyacente, pero no quise entrar en él, por temor a errar las primeras
que se levantaran volando entre los árboles. El perro corría mucho con la nariz demasiado alta, pero
siempre dócil obedecía siempre a la voz, y no he tenido que emplear la menor violencia con él. A la hora
y media de caza ya se había serenado y no se alejaba arriba de treinta pasos- Corrí muchos rastrojos
y abrojales sin poder hallar una sola perdiz, viendo esto me retiré a las casas a descansar hasta la
tardecita, que volví a los mismos alfalfares con la esperanza (que se realizó) de encontrar perdiz, una
que fuese para que las conociera y no quedar con el pobre animal burlado. En efecto, a poco de andar
se levantó una, y enredado yo con el perro que no la había olfateado y con mi compañero enteramente
bisoño le tiré tarde y se me fue. Stop vió la perdiz en el aire y la siguió hasta que yo lo llamé, obedeció
en el acto y siguió cazando. Por fortuna no la había levantado él. Y así no se perdió gran cosa, porque
haberla visto le hizo comprender algo lo que se le pedía; y al poco rato ya pasó una con bastante
fuerza, se la maté y me la trajo muy bien; en seguida quiso volver a corretear pero se contuvo a la voz
y habiéndome pasado otra no tan perfectamente como primera, y que me trajo a la mano un poquito
mordida, el cansancio tanto de él como el mío, me hicieron retirarme.
Esta primera salida me ha dejado perfectamente satisfecho. Creo como Ud. me dice, que a pocas veces,
el perro será perfecto y me conocerá bien, porque es sumamente despejado y cariñoso. No me separo de
él, duerme al lado de mi cama y me sigue como si yo lo hubiese criado, sube al tilbury solo, me entiende
generalmente con un gesto y tiene la educación doméstica o casera tan bien aprendida que no se siente
su presencia ni incómoda para nada, baste decirle a Ud. que mi madre, enemiga en extremo de estos
bichos, ya le tiene cariño y le hace fiestas.
Me ha hecho Ud. pues un precioso regalo y digno de Ud. que agradezco creo como debo. Dígale Ud. a
su abogado perruno como Ud. lo llama, que el perro me parece mejor que lo que el fallo declara, y que
estoy tan contento con éste, que jamás buscaré otro sino guiado por su sabiduría.
Mi amigo yo estoy urgido por mis mamarrachos, y no tengo tiempo de darle a Ud. mil detalles
interesantes también sobre Stop. Cuando Ud. venga cargará Ud. con él y verá. Mis respetos a la señora
y mil expresiones al caballero Dn. Vicentito.
Mándeme pues, decir algo con que mostrarle el deseo que tiene de mostrarse agradecido, su
afectísimo amigo.
Este episodio en la vida de Prilidiano y Stop es un testimonio de cómo la relación entre humanos y
animales se funde en una coexistencia basada en el afecto, el entendimiento y una comunicación que va
más allá de las palabras. La historia de Prilidiano y su perro no es una anécdota aislada sino un reflejo
de la cultura de Issor, donde la conexión con la naturaleza y sus criaturas es pilar fundamental de su
identidad.
Así, esta historia enriquece nuestro entendimiento de la dinámica social y afectiva de Issor y asimismo
nos invita a reflexionar sobre la universalidad del vínculo entre los seres humanos y los animales. En
este pueblo, este lazo se celebra como una extensión de la familia y la comunidad, evidenciando que el
respeto, el amor y la camaradería trascienden las diferencias de especie, enriqueciendo la vida de todos
los que comparten este rincón del mundo.
Esta charla e interesantes historias caninas, ligera en su superficie pero profunda en su esencia, se
convirtió en un reflejo del corazón de Issor, un lugar donde la bondad y la hospitalidad son valores
vividos a diario, entre sus habitantes, extendiéndose a todo aquel que pisa sus tierras. En Issor, los
perros no necesitan ladrar para hacerse entender, pues en sus gestos amigables se refleja el espíritu de
un pueblo que acoge a todos con un corazón abierto.
Continuamos nuestro paseo por la plaza, cada paso reafirmaba nuestra conexión con este lugar mágico,
donde incluso los detalles más pequeños, como la conducta de un perro, se convierten en lecciones de
vida y ejemplos de la convivencia armónica que define a Issor. Esta mañana, al igual que el resto de
nuestra estancia, estaba tejiendo recuerdos imborrables en nuestra memoria, dejándonos enseñanzas que llevaríamos con nosotros mucho después de partir, recordatorios de que la verdadera belleza de un lugar
reside en su gente, sus tradiciones y, sí, también en sus perros.
Nuestro primer destino dentro del pueblo es la pequeña iglesia que data del siglo XII, un edificio que
ha sido testigo de innumerables eventos en la vida de los habitantes de Issor. Aquí, se nos cuenta,
varios ancestros Pueyrredon fueron bautizados, se casaron y se despidieron en su último viaje. El
sencillo interior del templo, con sus antiguas piedras desgastadas por el tiempo, evoca una sensación de
continuidad y permanencia, recordándonos la importancia de la fe y la comunidad en la vida de nuestros
antepasados.
Un edificio que guarda en su interior tanto el silencio reverente de un lugar de culto, como las huellas
tangibles de la historia que compartimos. En una de las paredes, encontramos placas conmemorativas
que recuerdan a los hijos ilustres de Issor, entre ellos el hijo de aquel bearnés que cruzó el océano hacia
las Américas para forjar un legado impresionante, no solo por sus propios logros sino también por los de
toda su descendencia. La emoción de estar físicamente en el lugar que vio partir a uno de nuestros más
destacados antepasados hacia un destino grandioso, llena el aire con una mezcla de orgullo y nostalgia
Continuando con nuestro recorrido, nos dirigimos al cementerio de Issor, un lugar de paz y reflexión
donde el tiempo parece detenerse. Aquí, en cumplimiento de una promesa hecha por mi hermana
Marigela durante su última visita, dejamos flores en la tumba de Rose, madre de nuestra prima Françoise.
Este gesto simbólico de respeto y recuerdo a quienes nos precedieron, fortalece aún más el vínculo con
nuestra historia familiar y con la tierra que una vez fue hogar de nuestros antepasados.
Caminando por las calles de Issor, cada paso nos lleva a través de siglos de historia. Los edificios de
piedra, con sus tejados de pizarra y madera envejecida, parecen contar sus propias historias. Los primos
nos señalan una casa particularmente antigua, diciéndonos que en algún momento también perteneció
a la familia Pueyrredon antes de que el destino llevara a nuestros antepasados a cruzar el océano hacia
Argentina. La conexión tangible con el pasado se hace aún más profunda cuando nos muestran registros
antiguos y documentos que mencionan a la familia, un legado preservado con orgullo por el pueblo.
La tarde se nos presenta con una aventura inesperada y llenadora de risas. Decidimos emprender
una búsqueda para encontrar la calle Pourredon y la casa donde nació Juan Martín de Pueyrredon y
Labroucherie, un objetivo que, pensábamos, sería relativamente sencillo. Sin embargo, lo que comenzó
como una misión directa se transformó en una encantadora odisea por el pueblo. Al preguntar a los
lugareños por direcciones, nos encontramos con una variedad de respuestas, algunas confusas, otras
curiosas, pero todas entregadas con la calidez y amabilidad característica de la gente de Issor. La
situación se volvió especialmente divertida en la plaza principal, donde nuestro creciente grupo de
“guías” improvisados discutía entre sí sobre la mejor ruta a tomar, cada uno asegurando conocer el
paradero exacto de la casa de Pourredon.
En el tercer episodio de nuestra aventura en Issor, Diálogos con el pasado: ecos y enseñanzas, nuestra
jornada tomó un giro inesperado y profundamente simbólico al dirigirnos hacia la casa donde nació
Juan Martín de Pueyrredon y Labroucherie. Este trayecto significaba acercarnos físicamente a nuestras
raíces para emprender un viaje a través de la historia y las historias que han moldeado nuestra identidad.
El recorrido hacia la casa de los Pueyrredon se convirtió en una metáfora de nuestra propia búsqueda,
llevándonos a lo largo de la orilla del río Lourdios con su agua transparente como el agua mineral más
pura, un curso de agua que atraviesa con serenidad el departamento de los Pirineos Atlánticos. Al igual
que la gave de Issaux en su tramo superior, la gave de Lourdios fluye como un hilo que entreteje el
paisaje, conectando las vidas y los destinos de quienes han habitado estas tierras a lo largo de los siglos.
Al buscar la calle Pourredon, que recorre la orilla de este río tan emblemático, nos encontramos ante el
Puente Pourredon, un cruce que simboliza la conexión entre el pasado y el presente, entre las historias
familiares y las tierras que las vieron nacer. Cruzar este puente para llegar a la casa de los Pueyrredon en
Issor fue un acto cargado de emoción y significado, como si al hacerlo, traspasáramos un umbral hacia
la comprensión más profunda de nuestro legado.
Fue en este contexto de reflexión y conexión con nuestra historia donde una anécdota relacionada
con Ayrton Senna cobró un nuevo significado. Recordando nuestra admiración por Senna y su legado
de determinación y pasión, no pudimos evitar trazar un paralelismo entre su espíritu indomable y la
perseverancia de nuestros antepasados. Ayrton Senna, con su férrea voluntad de superarse y su capacidad
para enfrentar desafíos con valentía, refleja el mismo coraje y la misma resiliencia que observamos en la
historia de Juan Martín de Pueyrredon y en las generaciones que le siguieron.
Al reflexionar sobre esta conexión, nos dimos cuenta de que, al igual que Senna dejó una huella
imborrable en el mundo del automovilismo, nuestro encuentro con la calle Pourredon y el cruce del
puente hacia la casa familiar representaba nuestro propio deseo de dejar una marca significativa, de ser
recordados no solo por el apellido que llevamos, sino por las acciones y decisiones que tomamos en la
vida.
Esta jornada a través de Issor, cruzando el puente Pourredon hacia la casa de nuestros ancestros, nos
enseñó que, al igual que en las carreras de Senna, el camino puede estar lleno de desafíos y obstáculos,
pero es nuestra pasión, nuestra determinación y nuestra capacidad para conectarnos con nuestro pasado
lo que nos guía hacia adelante. Al final del día, nuestra experiencia en encontrar la calle Pourredon y
cruzar el río Lourdios hacia la casa de los Pueyrredon en Issor se convirtió en una poderosa lección
sobre la importancia de conocer nuestras raíces, abrazar nuestro legado y vivir de manera que honremos
tanto a aquellos que vinieron antes que nosotros como a los ideales que nos inspiran a seguir adelante.
Finalmente, tras navegar un mar de indicaciones contradictorias, salpicadas de risas contagiosas y giros
inesperados dignos de un laberinto, nos encontramos ante lo que suponemos es la meta de nuestra
pequeña odisea: la calle extensa que bordea el río Lourdios que lleva el nombre Pourredon, un puente
Pourredon que cruza el mismo río y, más específicamente, la casa que buscábamos justo después del
puente a mano derecha.
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Ante nosotros, se alzaba con orgullo una estructura que, a pesar de los años y los cambios de guardia,
conservaba el encanto rústico tan característico de la región. Sus gruesos muros de piedra, erigidos con
la sabiduría de antaño y sus techos de teja, hablaban de una solidez desafiante al tiempo. Las ventanas,
enmarcadas por postigones color rojo, añadían un toque de color vibrante que resonaba con el espíritu
de las clásicas casas de época de los Pirineos, creando un cuadro viviente que parecía extraído de un
antiguo relato.
Nuestra admiración por la estructura y sus alrededores no pasó desapercibida, y fue entonces cuando
el destino decidió jugar una carta inesperada. Pierre Soulé, el dueño actual de la casa, apareció como
un personaje sacado de una novela, invitándonos con una cordialidad que desbordaba los límites de la
mera cortesía. Nos presentó a su encantadora familia, y, mientras compartíamos en su acogedora casa,
nos relató la historia de la casa desde que su padre la adquirió hace muchos años atrás. La casa había
sufrido numerosas modificaciones y agregados, especialmente después del gran terremoto que sacudió
la región entre Bayona y Oloron-Sainte-Marie el 17 de agosto de 1967 que provocó grandes daños en la
mayoría de pueblos cercanos como Issor, este evento que dejó poco en pie de la original y obligó a una
reconstrucción mayoritaria por razones de seguridad.
Pierre nos guió entonces hacia lo que milagrosamente había sobrevivido tanto al terremoto como al
paso del tiempo: el granero. Este espacio, ahora reconvertido en una especie de establo multifuncional
que aún cumplía con su propósito original, mantenía su formato primigenio. Las principales paredes,
testigos mudos de siglos de historia, permanecían intactas, portadoras de las marcas del tiempo y de las
vidas que alguna vez se entrelazaron con ellas. La emoción nos embargó al tocar esas paredes; era como
si, de alguna manera, pudiéramos sentir el eco de las voces de aquellos que nos precedieron. Pierre,
percibiendo la profundidad de nuestro sentimiento, nos permitió llevarnos una piedra de la pared como
recuerdo tangible de nuestra visita, un gesto que nos tocó profundamente. Además, nos obsequió un
esqueje de la centenaria enredadera que cubría una de las paredes, un símbolo viviente de la continuidad
y el crecimiento a través de las generaciones.
Estar allí, frente a la puerta que en algún momento nuestro ancestro cruzó, se convirtió en un momento
de profunda conexión con nuestro pasado. La generosidad de Pierre y su familia, al abrirnos no solo
las puertas de su hogar sino también las de su historia, nos permitió ver, sentir y vivir un fragmento de
la vida de aquellos que, mucho antes que nosotros, formaron parte de la trama de Issor. Este encuentro
fortuito, lejos de ser una simple anécdota, se tejió en la memoria de nuestro viaje como un hilo dorado,
recordándonos que, aunque los edificios pueden ser reconstruidos y las calles pueden cambiar, el espíritu
de un lugar y su gente permanece, imperecedero, a través del tiempo.
Este sentimiento se intensifica al sumergirnos en las tradiciones y costumbres que han definido la
comunidad a lo largo de los siglos, particularmente en aspectos tan fundamentales como la familia y el
matrimonio. Nos cuenta nuestro “oráculo” cómo la casa fue escenario tanto de la vida como del final
de sus días para don Jean Pierre y doña María de Labroucherie, quienes partieron de este mundo dentro
de sus muros, Jean Pierre, el 10 de agosto de 1758 y ella, el 18 de febrero de 1772. Estos momentos,
vividos en la intimidad del hogar, resaltan el papel central de la familia y la casa como refugio último
y sagrado.
Las costumbres matrimoniales de la época nos revelan un sistema de propiedad y apellidos compartidos
que evidencia un respeto por la igualdad dentro del matrimonio, algo especialmente notable antes de la
revolución francesa de 1789. La unión de Andreu de Peyronne y Catalina de Pueyrredon, sellada el 7 de
diciembre de 1597, es un ejemplo de cómo los bienes y el legado de la esposa eran valorados y asumidos
por el marido, reflejando una sociedad donde la unión conyugal trascendía lo material para convertirse
en una verdadera fusión de vidas y destinos.
Esta narrativa familiar continúa con el enlace de Arnaud de Peyronne, hijo de Andreu, que se celebró el
6 de febrero de 1631, marcando otro hito en la transmisión de tradiciones y valores que han conformado
nuestra identidad a lo largo del tiempo. Cada historia, cada costumbre, cada nombre transmitido de
generación en generación, nos habla de un legado de respeto, igualdad y pertenencia que permanece
inalterable, a pesar de los cambios externos.
En este viaje de descubrimiento a Issor, nos damos cuenta de que la verdadera esencia de nuestro
pasado reside en las historias de vida, las prácticas y los lazos que, como un puente entre el ayer y el
hoy, continúan influyendo en nuestra comprensión del mundo y en nuestra propia identidad. A través
de esta conexión viva con nuestros ancestros, recordamos que, más allá de las piedras y las calles, es el
espíritu de las personas y sus enseñanzas lo que verdaderamente define a Issor, ofreciéndonos un legado
imperecedero que nos guía y enriquece en nuestro caminar por la vida.
Dedicamos lo que queda de la tarde a explorar los alrededores naturales de Issor, donde la impresionante
belleza del paisaje nos ofrece un momento de reflexión sobre la interconexión entre la tierra, la historia
y nuestra propia identidad. Los valles verdes, los ríos serpenteantes y las imponentes montañas de los
Pirineos son telón de fondo de nuestra historia familiar y fuente de inspiración y serenidad.
Impulsados por la emoción de nuestra reciente experiencia y con la adrenalina aún fluyendo por nuestras
venas, decidimos continuar nuestra exploración adentrándonos aún más en la historia familiar. La
siguiente parada en nuestro viaje a través del tiempo y la memoria era la casa de la familia Labroucherie.
Nuestra prima Françoise nos había hablado de esta residencia con un brillo especial en sus ojos,
mencionando que se trataba de una de las pocas que aún se conservaba casi intacta y seguía en manos
de la familia. Además, era el lugar de nacimiento de muchos miembros de la familia Pourredon, lo que
añadía una capa extra de significado a nuestra visita.
Con la reciente aventura de encontrar la casa Pourredon aún fresca en nuestra mente, partimos hacia
esta nueva exploración con un sentido de anticipación y maravilla. Nuestro camino hacia la casa
Labroucherie se convirtió en un paseo por la historia viva de Issor, donde cada curva y cada colina
parecían contener historias aún no contadas, esperando ser descubiertas.
Al llegar, nos encontramos frente a una estructura imponente que parecía transportarnos directamente
al siglo XVII. La casa Labroucherie se erguía majestuosa, sus muros de piedra y sus vigas de madera
contando la historia de generaciones pasadas. Era evidente que, a pesar de los siglos, la residencia
había sido cuidada con un amor y una dedicación que trascendía el tiempo, preservando no solo la
arquitectura, sino también el espíritu de aquellos que la habitaron.
La visita a la casa Labroucherie nos ofreció una visión única de cómo eran las clásicas casonas/granjas
familiares en Issor durante el siglo XVII. Recorrer sus inmediaciones impregnadas de la esencia de
la vida cotidiana de la época, fue como abrir un libro de historia y sumergirse en sus páginas. Nos
permitió apreciar la robustez y la simplicidad del diseño, elementos necesarios para enfrentar los retos
de aquellos tiempos, pero también la calidez y la funcionalidad que convertían un edificio en un hogar.
Esta inmersión en el pasado, dentro de los muros de la casa Labroucherie, nos brindó no solo una
comprensión arquitectónica sino también un profundo entendimiento de la estructura social y familiar
que caracterizaba a Issor en aquel siglo. A medida que recorríamos las estancias que alguna vez
resonaron con las voces de nuestros antepasados, se nos reveló una faceta aún más íntima de la vida en
Issor: la dinámica familiar, donde la figura paternal distaba mucho de la autoridad despótica del pater
familias romano, perpetuada en los códigos legales españoles de la época. En su lugar, encontramos
evidencia de una autoridad paternal impregnada de bondad y emoción, que servía como nexo entre
generaciones, desde los abuelos hasta los hijos, cimentando una unión familiar fortalecida e intensificada
constantemente por el papel central de la mujer.
Esta mujer, en los hogares de Issor, no era meramente un miembro más de la familia, sino el verdadero
motor de su existencia, un papel que resalta la importancia de la matriarca en mantener y promover la
cohesión y el bienestar del núcleo familiar. Al igual que sus contemporáneos vascos, estos bearneses
emigrados aportaron a sus nuevas patrias una rica idiosincrasia que, según Tomás Otaegui, influyó de
manera eficiente y decisiva en la grandeza de los pueblos. Este legado cultural, llevado por aquellos que
cruzaron fronteras en busca de nuevos horizontes, enriqueció las tierras que los acogieron dejando una
huella imborrable en las estructuras sociales y los valores comunitarios de sus nuevos hogares.
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A través de este viaje por la casa Labroucherie, y los relatos e historias que en ella se conservan, se
nos ofreció una ventana al pasado que nos permite apreciar la arquitectura y el diseño de la época
como también las prácticas sociales y familiares que definieron la vida en Issor durante el siglo XVII.
Encontramos en esta experiencia una conexión viva con aquellos que nos precedieron, recordándonos
que, si bien los edificios pueden ser reconstruidos y las calles pueden cambiar, el espíritu, las tradiciones
y el legado de un lugar y su gente permanecen imperecederos a través del tiempo.
Nuestra prima Françoise, consciente del valor histórico y emocional de su hogar, compartió con nosotros
anécdotas de sus antepasados, permitiéndonos entrever la vida de quienes, como nuestro tatarabuelo
Juan Martín de Pueyrredon y Labroucherie, decidieron buscar nuevos horizontes. Nos contaron cómo,
en medio de familias numerosas y en una época donde el espíritu aventurero era tanto una necesidad
como una elección, algunos muy pocos en Issor se atrevían a cruzar océanos en busca de un futuro
diferente, uno fue para Argentina y otros fueron para California. Fue un recordatorio conmovedor de
que, aunque las circunstancias y los tiempos cambian, el deseo de explorar y superar límites es una
constante humana.
Esta visita enriqueció tanto nuestro entendimiento de la historia familiar y de Issor, como también nos
brindó una profunda apreciación por la resistencia y la audacia de aquellos que se atrevieron a soñar
con un mundo más allá de lo conocido. Nos despedimos de la casa Labroucherie con una mezcla de
gratitud y reflexión, llevándonos fotografías y recuerdos físicos, pero principalmente una conexión más
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profunda con nuestro pasado y con aquellos cuyas decisiones valientes allanaron el camino para las
generaciones futuras.
Mientras el sol comenzaba a despedirse del día, y con el corazón lleno de historias y emociones,
regresamos por los caminos de Issor, cada paso resonando con la certeza de que este viaje había
transformado nuestra percepción de la familia, el hogar y la aventura.
El segundo día en Issor se convirtió en mucho más que una fecha en nuestro itinerario; se transformó en
un hito en nuestro viaje personal hacia el entendimiento de quiénes somos y de dónde venimos, uniendo
el pasado con el presente en una historia continua de coraje, amor y esperanza.
De regreso en La Ferme aux Sangliers, tras un día repleto de descubrimientos y emociones, el escenario
estaba listo para una velada que prometía ser inolvidable. Nos reunimos alrededor de la mesa, justo
a tiempo para ser testigos de un atardecer fantástico, donde el cielo se teñía con tonos de oro, rosa y
púrpura, anunciando el cierre de un capítulo más en nuestra aventura por Issor. Pero este atardecer no
era como los demás, estábamos a punto de celebrar una ocasión muy especial: el día de los enamorados,
o jour des amoureux, como lo llaman en Francia, el país del amor.
En esta tierra, donde el romance parece estar tejido en el mismo aire que se respira, Le jour de Saint
Valentin se celebra con un fervor y una pasión que solo podría encontrarse en el corazón de la cultura
francesa. Conscientes de la singularidad de este día, Françoise y Bernard nos habían preparado una
sorpresa: nos dejaron La Ferme aux Sangliers enteramente para nosotros, creando el ambiente perfecto
para una cena especial con Teresa, bajo la luz suave de las velas, con las estrellas y la luna añadiendo
su brillo a nuestra velada.
La magia de la noche en los Pirineos franceses se hizo palpable, cada estrella parecía brillar con una
intensidad única, como si fueran testigos silenciosos de las historias de amor que se han vivido en estas
bellísimas tierras a lo largo de los siglos. Sentados al aire libre, envueltos en la calidez de mantas y el
resplandor de las velas, el tiempo pareció detenerse.
La cena, preparada con los ingredientes más frescos y sabrosos de la región, fue un deleite no solo para
el paladar, sino también para el alma, fortaleciendo aún más nuestra conexión con este lugar y entre
nosotros.
Mientras compartíamos risas, historias y brindábamos por el amor y nuestros orígenes, no pudimos
evitar reflexionar sobre la belleza de la tradición y la importancia de celebrar el amor en todas sus
formas. La noche se convirtió en una verdadera manifestación de lo que significa Le jour de Saint
Valentin en Francia: una celebración del amor que trasciende las fronteras del idioma y la cultura,
uniendo a las personas en una experiencia compartida de afecto, aprecio y conexión humana.
Esta velada en La Ferme aux Sangliers, bajo el cielo estrellado de los Pirineos, quedará grabada en
nuestra memoria como el epítome de la belleza y el romance que Francia tiene para ofrecer. Nos
recordó que, aunque nuestro viaje estaba llegando a su fin, las experiencias vividas y los lazos forjados
perdurarían mucho más allá de nuestra partida.
Al finalizar el día, con la noche envolviendo los Pirineos en un tranquilo abrazo, nos sentimos agradecidos
por la experiencia vivida. Issor, con su rica historia, sus paisajes impresionantes y sus gentes cálidas, ha
dejado una marca imborrable en nuestro corazón.
Este día en Issor, marcado por revelaciones y recuerdos, nos ha permitido reconectar con los orígenes
de la familia Pueyrredon y sumergirnos en la profundidad de nuestra propia esencia. Un nuevo aporte
de nuestro “oráculo” familiar ha enriquecido esta experiencia, tejiendo un hilo más en el tapiz de
nuestra historia colectiva. Este relato adicional nos lleva al esfuerzo titánico de aquellos pioneros, cuya
determinación forjó el linaje que hoy nos define.
En el último cuarto del siglo XVIII, la figura de don Juan Martín de Pueyrredon emerge, un hombre
que no volvería a ver a su madre, doña María de Labroucherie, tras su fallecimiento en 1772. A esa
fecha, el matrimonio ya había bendecido este mundo con tres hijos: Feliciano José (1767), consagrado
al sacerdocio; Diego José (1769), quien abrazaría la carrera militar; y José Luis (1771), cuya temprana
partida privó a su abuela de la dicha de conocerlo.
La resiliencia y el ímpetu de doña Rita Damasia Dogan, madre de estos y otros ocho hijos, testimonian
el vigor y la fortaleza de las mujeres de nuestra familia, pilares que sostuvieron y nutrieron la vida
hogareña y la continuidad del linaje. Además de los mencionados, su progenie incluyó a Juana María
(1773), Juan Martín Mariano (1776), José Cipriano (1779), Magdalena (1782), Juan Andrés (1786),
Isabel (1787), y dos hijas, Josefa Catalina (1772) y Petrona Ventura (1780), que fallecieron en la infancia.
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Don Juan Martín, patriarca y fundador, en la víspera de su partida de este mundo el 14 de octubre de
1791, legó un testamento que sería el preludio de su adiós el 3 de noviembre. Su descanso final en la
iglesia de los padres Betlemitas marcó el fin de una era y el inicio de un legado duradero, con cincuenta
y seis nietos y ciento cincuenta y ocho bisnietos que perpetuarían su nombre y su historia.
Este relato, surgido del corazón de nuestro “oráculo”, no es solo un capítulo más de nuestra genealogía,
sino un puente hacia el pasado que nos recuerda la incansable lucha y el amor incondicional que dieron
forma a nuestro presente. Nos muestra que, independientemente de la distancia o el tiempo, siempre
habrá un hogar al cual regresar, un lugar anclado no solo en la geografía sino en la inmensidad de
nuestro ser, alimentado por la memoria y el legado de quienes nos precedieron. Así, Issor se convierte
en el punto de partida de nuestra saga familiar y en refugio eterno de nuestro espíritu, donde cada piedra
y cada árbol resuenan con las voces de aquellos que, a través de los siglos, han tejido la historia de los
Pueyrredon.
Mientras nos preparamos para descansar, pensamos en los días que quedan por delante, anticipando más
descubrimientos y momentos de conexión. Este viaje a Issor, a las raíces de la familia Pueyrredon, es
un testimonio del poder de la historia, la familia y la pertenencia, elementos que juntos tejen el tapiz de
nuestra identidad.
Finalizamos el segundo día en Issor que nos regaló no solo momentos de profunda conexión emocional
y homenaje a nuestra historia familiar, sino también la oportunidad de experimentar la alegría y la
hospitalidad que define a este encantador pueblo. Nos retiramos a descansar con el corazón lleno,
agradecidos por las experiencias vividas y por las historias compartidas, anticipando aún más
descubrimientos en los días venideros. La riqueza de Issor no reside solo en su belleza natural o su
historia tangible, sino en su gente, en los lazos que nos unen a este lugar, y en las pequeñas aventuras
que cada día aquí nos deparan.
Tercer viaje. 2024
Diario de viaje
ALAS PARA VOLVER
Despedida y promesas en Issor
Por Marcos Pueyrredon
Despertamos temprano, decididos a empaparnos una vez más de la majestuosidad de un nuevo amanecer
en Issor. Los Pirineos, ahora vestidos de blanco, nos ofrecían un espectáculo de inigualable belleza, con
las fermes esparcidas a lo largo del valle, bañadas en cientos de tonos diferentes que la luz del amanecer
iba pintando en el cielo y en la tierra. Este momento, casi suspendido en el tiempo, fue un recordatorio
silencioso de la serenidad y la riqueza que la naturaleza nos regala, una despedida perfecta de estas
tierras que nos habían acogido con tanta calidez.
Como si hubieran intuido nuestro deseo de llevarnos un último recuerdo inolvidable de Issor, Françoise
y Bernard nos sorprendieron nuevamente, esta vez con un desayuno exquisito preparado con productos
naturales de la región. Alrededor de la mesa, entre risas y anécdotas compartidas, saboreamos cada
bocado, conscientes de que este era un “hasta pronto”, más que un adiós. Françoise y Bernard expresaron
su esperanza de visitarnos en Buenos Aires y en las tierras orientales del Uruguay, un gesto que sellaba
no solo el fin de nuestra estancia en Issor, sino el inicio de una promesa de reencuentros futuros.
Antes de partir, nuestros anfitriones nos obsequiaron con souvenirs muy especiales, productos propios
de Issor que encapsulan la esencia de esta tierra y su cultura. Entre ellos, destacan el Boudin Béarnais
Porc Gascon y Graisserons Aspois, elaborados en La Ferme aux Sangliers & Ferme Micalet.
Para aquellos curiosos sobre qué hace tan especial al Boudin Béarnais, les comparto que esta milenaria
receta de morcilla bearnesa es un verdadero testamento de la cocina tradicional. Se elabora a partir de
cabeza, pulmones, garganta y corteza de cerdo, los cuales se cocinan en caldo, se deshuesan y se pican
en trozos grandes, mezclándose posteriormente con una selección de verduras, hierbas y condimentos
que le confieren su sabor único y distintivo. Pero lo que realmente distingue al Boudin Béarnais es su
tamaño; de hecho, puede alcanzar de dos a tres veces el tamaño de una morcilla convencional, lo que lo
convierte en un elemento destacado en cualquier mesa.
Esta morcilla es un plato versátil que se puede disfrutar de varias maneras, ya sea a la plancha, lo que
resalta su rica textura y profundos sabores, o como parte de un plato rústico acompañado de judías
blancas, ofreciendo una experiencia culinaria reconfortante y ideal para los fríos días de invierno.
Además de su delicioso sabor, la morcilla ofrece beneficios nutricionales, destacando su excepcional
contenido en hierro, vital para nuestra salud.
Probar el Boudin Béarnais Porc Gascon no fue solo una experiencia gastronómica, sino también una
forma de conectarnos aún más con la cultura y las tradiciones de Issor. Este platillo, como muchos otros
de la región, cuenta historias de la tierra, del cuidado y del esfuerzo que la gente pone en la elaboración
de sus alimentos, recordándonos la importancia de valorar y preservar estas tradiciones.
La Fuente de Issor. © M.P
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Tras las huellas de los Pueyrredon
En la misma línea de exploración culinaria y conexión con las tradiciones locales, nos encontramos
con otra joya gastronómica de la región: los Graisserons Aspois, un platillo que refleja la esencia de
la cocina tradicional de los Pirineos Atlánticos, elaborado con maestría en La Ferme aux Sangliers
& Ferme Micalet. Este plato, aunque quizás menos conocido fuera de la región, es un tesoro para los
amantes de la auténtica comida bearnesa y aspoise, ofreciendo un sabor que transporta al comensal
directamente al corazón de estas tierras ricas en historia y cultura culinaria.
Los Graisserons Aspois se distinguen por su meticulosa preparación que honra la tradición. Esta
especialidad culinaria se elabora a partir de pato cebado, siguiendo una receta tradicional que ha sido
transmitida de generación en generación. Lo que hace especial a este platillo es su capacidad para
capturar la riqueza del pato en una experiencia gustativa que es a la vez profunda y delicada.
Otro producto excepcional que tuvimos el placer de descubrir fue el Mont Blanc Graisse de Canard, una
muestra de la habilidad culinaria de la región en la preservación y realce de los sabores del pato. Este
producto se elabora exclusivamente con pato cebado, siguiendo estrictamente una receta tradicional que
asegura su calidad y autenticidad como producto local. La Graisse de Canard Mont Blanc no es solo
un ingrediente; es una pura delicia que evoca la simplicidad y la riqueza de la cocina de la región, un
verdadero homenaje a la gastronomía bearnesa y aspoise.
Degustar los Graisserons Aspois y el Mont Blanc Graisse de Canard fue una experiencia reveladora,
una que nos permitió apreciar no solo los sabores únicos de la región, sino también la pasión y el
respeto por la comida que caracteriza a sus habitantes. Estos platos, elaborados con ingredientes locales
y preparados con un amor y cuidado incomparables, son un testimonio vivo de la cultura y la tradición
de Issor y sus alrededores.
Mientras nos deleitábamos con estas especialidades, reflexionamos sobre la importancia de preservar
estas tradiciones culinarias que conectan a las personas con su historia y su entorno. En nuestro último
episodio en Issor, Alas para volver: despedida y promesas, estos momentos compartidos alrededor de la
mesa se convirtieron en símbolos de nuestra propia conexión con el lugar, recordándonos que la comida
es mucho más que sustento; es un lenguaje universal que narra historias de la tierra, de la comunidad y
de la vida misma.
Así, con el corazón lleno de gratitud y el paladar satisfecho, nos preparamos para despedirnos de Issor,
llevándonos no solo recuerdos imborrables, sino también la promesa de mantener vivas las tradiciones
que descubrimos y compartimos, como un puente entre el pasado y el futuro, entre Issor y el mundo.
Estos regalos, más que simples objetos, representaban el gran tesoro de Issor que llevábamos con
nosotros a América: el sabor, la tradición y, sobre todo, la hospitalidad y el calor humano de quienes nos
habían hecho sentir como en casa.
Mientras nos despedíamos, con las maletas ya listas pero los corazones repletos de gratitud y memorias
imborrables, miramos una vez más hacia los Pirineos nevados, hacia las fermes y hacia el horizonte que
había enmarcado nuestra estancia. Este tercer día y despedida de Issor se grabó en nosotros como un
capítulo vibrante de nuestra historia, lleno de momentos de conexión profunda con nuestras raíces, con
la tierra y con nuevas amistades que trascienden fronteras.
Con la promesa de volver y de recibir a nuestros queridos amigos en nuestra tierra, emprendimos el
camino de regreso, llevando en nuestro interior un pedacito de Issor, sus paisajes, su gente y sus sabores.
Esta experiencia, más allá de ser un viaje a los orígenes del apellido Pueyrredon, se convirtió en un
viaje al corazón mismo de lo que significa pertenecer, de encontrar belleza en cada rincón y de construir
puentes entre culturas, historias y corazones. Nos vamos de Issor, pero Issor se queda con nosotros, en
los recuerdos, en los sabores y en la promesa de un reencuentro que, esperamos, sea muy pronto.
Esta sensación de continuidad y conexión se ve reflejada en las sucesivas visitas que los Pueyrredon
han realizado a Issor, convirtiéndose en una especie de tradición que trasciende el simple acto de viajar,
para transformarse en una ceremonia de reencuentro con nuestras raíces. Imaginemos por un momento
a Prilidiano, en su juventud, descubriendo los secretos de Issor durante su estancia en Francia, y cómo,
años más tarde, Inés Pueyrredon seguiría sus pasos. A ellos se suman Ricardo (Richard) Pueyrredon,
Martín Pueyrredon, Tomás Pueyrredon, Julio Carlos (“papaíto”) Pueyrredon, Raúl Damián Pueyrredon
y Margarita (Margui) Pueyrredon, quienes también han peregrinado a este lugar emblemático, cada
visita reafirma ese vínculo indeleble que nos une a esta tierra.
Estos viajes a Issor no son meras visitas, son la afirmación de un lazo que, generación tras generación,
se ha fortalecido y renovado. Son testimonio de la profunda conexión que sentimos con este rincón del
mundo, un lugar que nos ha visto partir y regresar, siempre como hijos que vuelven al hogar. Issor, con
sus paisajes que invitan a la reflexión, sus gentes que acogen con los brazos abiertos y sus sabores que
evocan memorias ancestrales, se ha convertido en un símbolo de nuestro origen y de la continuidad de
nuestra historia familiar.
Al alejarnos físicamente de Issor, llevamos con nosotros la certeza de que este adiós es solo temporal.
La promesa de volver y de recibir a nuestros amigos de Issor en nuestra tierra se convierte en el puente
que seguirá uniendo nuestras vidas. Issor permanece en nosotros, no solo en los recuerdos y sabores
compartidos sino también en el compromiso de mantener viva la llama de este encuentro entre culturas,
historias y corazones.
Así, nuestro viaje, lejos de concluir, se renueva con la esperanza de futuros reencuentros, manteniendo
vivo el espíritu de pertenencia y el profundo amor por nuestra tierra y nuestra gente. Nos vamos de Issor,
sí, pero lo llevamos en el alma, esperando el día en que nuestros caminos se crucen de nuevo en este
ciclo eterno de idas y venidas que define la esencia misma de nuestra conexión con Issor.
En el final de esta magnífica experiencia de reconexión con nuestros orígenes, y tal como prometimos al
iniciar esta saga, de regresar a la terre de nos ancêtres, decidimos dedicar nuestro último día a explorar
los encantadores alrededores de Issor, emprendiendo un viaje hacia el santuario de Lourdes.
Este trayecto nos llevó a través de pintorescos pueblos del alto Pirineo, tales como Sainte-Colome,
Mifaget, Bruges, Asson, y Lurbe-Saint-Christau, cada uno con su propio encanto especial y rodeados
de esos paisajes paradisíacos que caracterizan a los Pirineos. En nuestro camino, fuimos acompañados
por la visión de clásicas vacas doradas que parecían sacadas de un cuento de hadas, ciervos cruzándose
en la ruta, y rebaños de cabras y ovejas pastando tranquilamente, dejando el paisaje tan prístino como
el fairway de un campo de golf.
Nuestra llegada a Lourdes fue el colofón de este viaje espiritual y de descubrimiento personal. El
Santuario de Nuestra Señora de Lourdes se yergue como un faro de fe y esperanza, un conjunto de
edificaciones y espacios sagrados dedicados a la veneración de la Virgen María. Incluye las basílicas
de la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora del Rosario, y San Pío X, así como la gruta de las
apariciones, lugar emblemático donde la Virgen se presentó ante Bernadette Soubirous. Este lugar, parte
de la Ruta Mariana, es un testimonio de la riqueza patrimonial, gastronómica y natural, guiado por la
espiritualidad y devoción mariana que caracteriza a la región.
En 1858, Lourdes era apenas conocida, una pequeña aldea de humildes moradas. El santuario tiene
su origen en ese año, cuando Bernadette Soubirous, una campesina de catorce años, experimentó la
aparición de la Virgen María en varias ocasiones al lado de la Gruta de Massabielleque. Bernadette
continuó visitando en muchas ocasiones hasta que la Virgen le reveló la existencia de un manantial y le
pidió que la gente acudiera en procesión.
Visitar el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, sumergirse en la atmósfera de fe que lo rodea, y
contemplar la gruta donde tuvieron lugar las apariciones fue, sin duda, una experiencia transformadora.
Más allá de las creencias personales de cada uno, Lourdes nos recibió con una energía de paz y reflexión,
ofreciéndonos un espacio para meditar sobre nuestro viaje, tanto el físico como el espiritual, que hemos
emprendido.
Este viaje a través de los Pirineos, y nuestra estancia en Issor, ha sido una odisea que ha tocado
nuestras almas, llenándonos de historias memorables e imágenes eternas que permanecerán
en nuestras retinas y corazones para siempre. Ha sido un recordatorio de que, aunque nuestros
pasos nos lleven lejos, nuestras raíces y la tierra de nuestros ancestros siempre nos ofrecen un
hogar al cual volver, no solo en el espacio físico sino también en los recuerdos y las historias
que forman parte de quiénes somos.
Despedirnos de Issor y de esta experiencia en los Pirineos no significa el fin, sino el inicio de
un nuevo capítulo en nuestra conexión con el pasado, con nuestros ancestros, y con nosotros
mismos. Guardamos en nuestros corazones este viaje de ensueño, con la promesa de llevar con
nosotros las lecciones aprendidas, las emociones vividas y el espíritu indomable de aquellos
que antes que nosotros, trazaron el camino.
Cuarto viaje. 2024
Diario de viaje
LA MAGIA DE UN RINCÓN
DEL PIRINEO
El viaje como puente entre el pasado y el presente
Por Marigela Pueyrredon
Existe otra manera de realizar el viaje a Issor, y es de la mano de una persona que habita y ama esas
tierras surcadas por los Pirineos Atlánticos. A principios del verano, en junio de 2024, comenzó una
travesía que se sumerge en la atmósfera más profunda de esta cadena de montañas y valles. Cada paso
acercaba a los viajeros al reencuentro con el legado del espíritu y de la tierra.
El comienzo del viaje fue en Vera de Bidasoa, en el País Vasco, un encantador pueblo cercano al mar en
el norte de España, que aún conserva las características de las casas tradicionales vascas, con sus muros
de piedra, cal y entramados de madera desde donde cuelgan balcones llenos de flores. Tiene un entorno
natural que lo convierte en un lugar privilegiado, protegido por el comienzo de los Pirineos, donde
podemos divisar el mítico Larrun (905 m), que es el primer pico que marca la frontera entre Francia y
España. Desde este origen partieron Pío Caro Baroja y Marigela Pueyrredon, en un encuentro entre dos
mundos que define el retorno a las mismas raíces.
Desde Vera hacia Bayona, donde desemboca el río Adour, que lleva las aguas de Issor hasta el mar,
atravesaron los frondosos bosques atlánticos de robles, hayas y castaños. La vegetación es densa y verde,
favorecida por el clima húmedo y templado de la región. Los helechos imperiales crecen abundantes a
lo largo de toda la carretera y se asoman afilados desde una bordura alta que les sumergía en la idea de
estar internándose en un hábitat natural que tiene siglos.
—¿No te parece que estos helechos son como guardianes silenciosos del bosque? —comentó Marigela,
con los ojos brillando de entusiasmo.
Pío, conduciendo con calma, asentía.
—Sí, es como si cada planta aquí tuviera una historia que contar, una historia que se remonta a un
tiempo primitivo e inmemorial, antes de que nuestros ancestros pisaran estas tierras.
Durante el trayecto que continúa hacia Salies de Béarn, también vieron, entremezclados, pinos y robles,
y hacia Oloron Sainte Marie, el paisaje forestal incluía bosques de ribera a lo largo de los ríos.
—¿Ves esos árboles? —señaló Pío—. Eran esenciales para la vida de nuestros antecesores. Tanto para
las construcciones de las casas, como combustible y para los astilleros de los barcos.
—Es increíble pensar cómo cada elemento de los valles y los bosques jugaba un papel crucial en sus
vidas —reflexionó Marigela—. Parece que estuviéramos caminando por las mismas sendas que ellos
recorrieron, sintiendo el mismo aire fresco.
Es a medida que se asciende en altitud hacia Aramits (225 metros) y Arette (339 metros) cuando los
bosques de montaña se hacen más prominentes, incluyendo imponentes abetos, pinos silvestres, robles
y castaños. En las altitudes más frescas, en las carreteras que rondan los mil metros, las hayas forman
bosques magníficos mezclados con coníferas, creando una verdadera sinfonía de colores y texturas.
Estos profundos bosques inexpugnables existían en la época en que el antepasado de Marigela, Jean-
Martin, vivía en estas tierras alrededor de 1750.
—Imagina a Jean caminando por aquí, rodeado de estos mismos árboles —dijo Marigela, casi en un
susurro—. No puedo imaginar que quisiera abandonar estas tierras. Debía ser el ansia de libertad, el
espíritu de aventura.
—Y fortaleza —añadió Pío—. Estos bosques son testigos de tantas historias de perseverancia y lucha.
Superando esta altura, los árboles comenzaron a ser más bajos. Los pinos negros eran la señal, con sus
ramas retorcidas por las heridas de la nieve y los rayos. Aparecían como duendes que te alertan sobre
un cambio sustancial. Poco a poco se abrían las praderas de montaña intercaladas con unas extrañas
formaciones geológicas de piedras calizas erosionadas. Era el paisaje kárstico. Les daba la impresión
de estar atravesando una atmósfera muy surrealista sobre la vegetación adaptada a las condiciones
de alta montaña. Llegaron al Col (paso) de la Pierre de Saint Martin (1760 metros) a cinco grados de
temperatura. Alrededor encontraron pequeños depósitos de nieve de las ventiscas que persistían entre
las rocas y se detuvieron para buscar la mítica piedra que señalaba el lugar donde sus antepasados se
reunían a principios del verano.
—Este lugar es increíble —exclamó Marigela, contemplando el vasto paisaje—. Parece sacado de un
sueño.
—Es más que eso —dijo Pío, colocando una mano sobre la piedra—. Aquí es donde se realizaban los
pactos ancestrales. Estas piedras son testigos de la historia y de la conexión entre nuestros pueblos.
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La Piedra de San Martín (mojón 262) es el punto central de una antigua tradición entre los valles de
Roncal (en Navarra, España) y Barétous (en Béarn, Francia). Es una piedra de vara y media de alto,
que sirve de muga y límite entre ambos países. Cada año, el 13 de julio, se celebra el pacto conocido
como el Tributo de las Tres Vacas. En medio de este paisaje sagrado, se realiza un reconocido ritual de
renovación, cuyo origen se remonta a tiempos anteriores a 1375, y es el pacto vigente más antiguo de
Europa.
El macizo de Larra, donde se ubica el Col de San Martín, está envuelto en numerosas leyendas y mitos,
dada su riqueza cultural e histórica. El lugar, con su paisaje kárstico, es considerado un paraje sagrado,
un monumento natural que contiene la historia y la esencia de los que han vivido en esas tierras. Se dice
que las piedras aquí actúan como conductores de energía, conectando el mundo terrenal con las fuerzas
ancestrales. La presencia de simas profundas, como la Sima de la Verna, añade un elemento místico
al enclave. Estas profundidades son vistas como portales a otro mundo, un lugar donde las leyendas y
los espíritus ancestrales aún viven, como guardianes del territorio, infundiendo una presencia mágica y
protectora a la región.
—Coloca tus manos sobre la Piedra de San Martín —sugirió Pío, emocionado—. Siente su energía.
Marigela hizo lo que Pío le indicó, cerrando los ojos mientras sus manos se posaban sobre la fría
superficie de la piedra.
—Siento algo —susurró—. Es como una vibración… una conexión.
—Es el espíritu de las montañas —dijo Pío—. Estas piedras han sido testigos de innumerables encuentros
y pactos. Nuestra presencia aquí es una renovación de esos lazos antiguos.
Se dice, también, que en las noches de luna llena, las almas de los antiguos pastores y guardianes de las
montañas se congregan alrededor de la Piedra para proteger y bendecir los valles. Según la creencia,
aquellos que visitan la Piedra con un corazón puro y con respeto hacia la naturaleza, pueden sentir la
presencia protectora de estos espíritus y recibir visiones de sus ancestros, obteniendo sabiduría y guía.
Desde allí comenzaron el descenso, de la misma manera que lo hacían sus antecesores, sintiendo la
dirección hacia donde fluyen las aguas de los manantiales que se forman a estas alturas y alimentan los
ríos, como el Lourdios que pasa por Issor. En primer lugar, se dirigieron a la Venta de Juan Pito, situada
en lo alto de Belagua, en el valle de Roncal. Esta antigua venta, que históricamente servía de refugio
y punto de encuentro para viajeros, pastores y comerciantes, conserva su encanto rústico y su espíritu
hospitalario.
—¿Qué te parece este lugar? —preguntó Pío, mientras cruzaban la entrada de la Venta de Juan Pito.
—Es como retroceder en el tiempo —respondió Marigela—. Siento que aquí, cada rincón tiene ecos de
otros tiempos.
La construcción de esta venta es típica de los Pirineos, con paredes gruesas de piedra que han resistido
el paso del tiempo. El interior es acogedor, con vigas de madera y una gran chimenea cónica central
que invita a los visitantes a calentarse y a recuperar fuerzas con platos tradicionales en los fríos días de
montaña.
El camino hacia Issor comenzó con un descenso suave por las colinas verdes. Los caminos serpenteaban
a través de un paisaje idílico, donde las montañas parecían abrazar los valles y las vacas pastaban
tranquilamente. Situado en el corazón del Pirineo Navarro, el paraje de Belagua es uno de los más
impresionantes y emblemáticos de la región. De una belleza escénica incomparable, sus vistas
panorámicas capturan la esencia de los Pirineos. Las praderas están tapizadas de una densa capa de
hierba tierna y fresca, especialmente en primavera y verano, y son muy apreciadas para el pastoreo.
—Las vacas pirenaicas son las protagonistas de estas tierras —comentó Marigela, señalándolas con una
sonrisa.
Pío asintió, observando el ganado reunido en diversos rebaños a lo largo del valle.
— Sí, han sido una parte esencial de la vida aquí durante siglos —respondió Pío— Su resistencia refleja
la naturaleza y la dureza de la vida en estos valles.
A medida que avanzaban, el paisaje se transformaba lentamente. Los bosques de hayas y coníferas
comenzaban a aparecer de nuevo.
—Este bosque —dijo Pío, deteniéndose un momento para apreciar la vista— es como un puente entre
el pasado y el presente. Imagino que Jean-Martin debió caminar por aquí, tal vez persiguiendo osos,
rebecos y jabalíes o buscando plantas medicinales.
—Tengo la impresión de que todas estas tierras están conectadas por una fuerza invisible de historia y
cultura compartida —observó Marigela.
El pequeño pueblo de Issor apareció como en un oasis de tranquilidad. La plaza central les recibía,
dominada por la antigua iglesia de Saint Jean l’Evangeliste, que esa hora de la tarde estaba desierta,
expectante. Algo había cambiado: habían restaurado la fachada de La Mairie, con colores renovados
en las paredes y ventanas, y la fachada de la iglesia también, luciendo impecable y orgullosa bajo el sol
del Pirineo.
—Bienvenida a Issor —dijo Pío, con un gesto amplio—. Este es el lugar donde nuestras raíces se
encuentran nuevamente, donde todos los tiempos se fusionan en un solo hilo de vida.
Marigela se quedó en silencio por un momento, absorbida por la belleza y la serenidad del lugar.
—Es perfecto —dijo finalmente.
Entraron en la iglesia y encendieron velas. Como de costumbre, la luz cálida atravesaba los pequeños
vitrales de las ventanas y el espacio les recibía con la calma de la espera paciente a través de los años.
Una vez fuera, Marigela conversó con Pío acerca de las placas conmemorativas sobre Juan Martín de
Pueyrredon (hijo de Jean-Martin) en una de las paredes.
—El recuerdo siempre permanece —dijo Marigela, tocando suavemente una de las placas— Aquí
cuentan una historia, una vida que contribuyó a lo que somos hoy.
— Somos parte de una larga cadena de historias que nos preceden —respondió Pío, mirando las
inscripciones con reverencia.
Luego entraron en silencio al cementerio donde reposan los ascendientes de la familia bearnesa de
Marigela. Caminaron lentamente trayendo el recuerdo y el respeto de las familias que aún continúan
residiendo en Argentina.
—Aquí están, Marigela —dijo Pío, señalando una lápida con inscripciones familiares.
—Sí, Pío. Y aunque estemos lejos, la sangre y la historia nos conectan —respondió Marigela, conmovida
por la solemnidad del lugar.
Al salir, bebieron agua de la fuente y pensaron en todos los que, antes que ellos, saciaron su sed en el
mismo lugar. El agua, como fuente de vida, descendía desde los manantiales del macizo de Larra, donde
se encuentra la Piedra de San Martín, y despertaba esos sentimientos de unión entre las generaciones.
Era tarde y aún no habían comido. Más abajo de la plaza, cruzaron el puente sobre el Lourdios y, al costado del río, encontraron un gran prado con mesas de madera para merendar.
—Este es el lugar perfecto para descansar y disfrutar de nuestra comida —dijo Pío, colocando la cesta
sobre la mesa.
Sacaron los patés de oca, los quesos del Béarn, la tarta de naranja, el pan y el jamón de Bayona. Luego
brindaron con un excelente vino, mientras el Lourdios arrullaba con los sonidos de la tarde.
—Que nunca olvidemos de dónde venimos —dijo Pío, alzando su copa.
Precisamente a continuación de ese parque comenzaba la calle “Pourredon” (Pueyrredon), que discurre
a la vera del río y llega hasta el puente frente a las tierras donde se encuentra la antigua Ferme de
Pueyrredon. Hasta allí fueron juntos y visitaron los parajes donde Jean-Martin y su familia compartían
la vida.
—Atravesar el océano Atlántico y retornar a Issor en agradecimiento hace que se mantenga viva la
memoria —dijo Marigela, mirando el establo de piedra de la casa que aún mantenía su tradicional línea,
aunque hubieran pasado varios siglos desde su construcción.
Luego, siguieron hasta dar con la gran cruz de piedra en la carretera y visitaron la Ferme de Labroucherie,
que había sido propiedad de la familia de la madre de Jean-Martin. Se podía percibir cómo persistía
la relación entre la casa bearnesa y el establo, unidos por patio donde se realizaban los trabajos de la
granja.
—Es como estar visitando a un antiguo pariente. Nada ha cambiado. Parece haberse detenido en el
tiempo —observó Marigela, admirando los detalles arquitectónicos.
Decidieron ir a visitar a Françoise y Bernard, ascendiendo la colina más alta del pueblo por el sendero
que lleva a la granja La Ferme aux Sangliers (La Granja de Jabalíes), donde las tradiciones bearnesas
mantienen su frescura.
—¡Bienvenidos de nuevo! —exclamó Françoise, abrazándolos cálidamente—. ¿Cómo fue el viaje?
—Increíble, Françoise. Cada momento fue una revelación. Sentimos la historia y la vida de nuestros
antepasados en cada paso del camino —respondió Marigela.
—Me alegra escuchar eso. Aquí siempre tendrán un lugar donde regresar y recordar —dijo Bernard,
cariñosamente.
Tomaron un café con dulces y dispusieron las rosas que habían traído en un hermoso jarrón. Rose, la
madre de Françoise, sonreía desde un retrato en el aparador. Toda su alma pervive en las costumbres de
la granja.
Al despedirse, Marigela y Pío se asomaron a la gran vista panorámica de las montañas y los valles que
se extendía en el horizonte. Desde allí podían ver el pueblo de Issor y la iglesia, con su inconfundible
campanario.
—Nuestro viaje ha sido mucho más que un recorrido por los Pirineos Atlánticos —reflexionó Marigela—.
Ha sido un viaje al corazón de nuestra identidad, a la esencia misma de quienes somos.
—Y apenas hemos comenzado —respondió Pío—. Cada día, cada historia que descubramos, nos
acercará más a nuestras raíces y a nuestro legado.
Bajo el cielo de Issor, Pío y Marigela sintieron la fuerza que los conectaba. Cada retorno les ofrecía
la oportunidad de profundizar en la forma de vida de los que vivieron en estos parajes, así como en
el espíritu de aquellos que se aventuraron a emigrar a otras tierras. La magia de este lugar, con sus
poderes simbólicos y energías ancestrales, se había convertido en una parte importante de sus vidas,
recordándoles que existe un vínculo que da sentido a ese irresistible llamado interior. Es un grito que
impulsa a emprender el viaje y se proyecta firme sobre el horizonte de todos los mares.
Lista de viajeros
Tras las huellas de los Pueyrredon
- Raúl Damián Pueyrredon – Argentina – 1992
- María Cristina Monserrat – Argentina – 1992
- María Soledad Pueyrredon – Argentina – 1992
- Laura María Pueyrredon – Argentina – 1992
- María Cristina Pueyrredon – Argentina – 1992
- María Pía Pueyrredon – Argentina – 1992
- Raúl Pablo Pueyrredon – Argentina – 1992
- Julio Carlos Pueyrredon – Argentina – 1993
- María Cristina Pueyrredon – Argentina – 1993
- Raúl Pablo Pueyrredon – Argentina – 1993
- Raúl Damián Pueyrredon – Argentina – 1993
- María Cristina Monserrat – Argentina – 1993
- Margarita Pueyrredon – Argentina – 1993
- Ada Isabel Vaquer – Argentina – 1993
- Julio Carlos Pueyrredon – Argentina – 2004
- Marigela Pueyrredon – España – 2004
- Magdalena Pueyrredon – Argentina – 2004
- Carlos Mayquez Pueyrredon – España – 2004
- Ángela Mayquez Pueyrredon – España – 2004
- Marcos César Pueyrredon – Argentina – 2024
- Mª Teresa Rivarola Pueyrredon – Argentina – 2024
- Marigela Pueyrredon – España – 2024
- Pío Caro Baroja – España – 2024
